¡Quiero un mandato!


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Al parecer los mandatos deben ser algo así como algo todopoderoso. Preocupado por la situación en el bosque, hoy me he tomado la osadía de seguir en vivo todo lo que estaba pasando en cada rincón del valle del Mao. Escuchaba a unos y a otros y lo que más se oía era el susurro del aire, el briznar de la hierba acariciando cada insecto, la complacencia del sol con sus rayos benévolos. También había palabras grandilocuentes dentro del tímido rugido del atardecer, en el cielo inmaculado, en la tierra chispeante de pequeñas gotas de rocío que habían quedado atrapadas en las sombras de la cara norte. No estoy en contra de que la naturaleza se exprese libremente en los campos o en las montañas o que incluso ponga sobre la rutina diaria una nueva forma de expandir la vida, llámese introspección, abstracción, inteligencia, emoción o consciencia. Tampoco estoy del todo de acuerdo en eso de que la naturaleza siempre tiene razón. A veces eso que llamamos naturaleza ha sido partícipe de las mayores catástrofes de la humanidad, o cómplice, o articulador, o verdugo de cosas terribles. Quizás sea nuestra ignorancia sobre ciertos hechos misteriosos, pero la naturaleza a veces resulta cruel.

Mientras estos años muchos salíamos al campo para contemplar la situación natural y cíclica de nuestro bello paisaje, la naturaleza, su propia profundidad, prefería seguir su curso, expandir la vida independientemente de todo cuanto nosotros pensáramos o hiciéramos. Es como si nosotros, hijos de la naturaleza, siguiéramos haciendo nuestras cosas y ella siguiera su ritmo vital.

Si en este hermoso valle del Mao un setenta u ochenta por ciento de los ciudadanos hubieran sido más consecuentes con el misterio de la naturaleza, posiblemente tendríamos que pensar seriamente en buscar una solución a este lío en el que nos encontramos con el ecosistema. El problema es que no somos conscientes del todo, o al menos consecuentes con lo que está ocurriendo. Ignoramos a la naturaleza, ninguneamos sus principios vitales y la despreciamos en cada acto que hacemos.

Para los causantes del lío ecológico en el que estamos, tantos y tantos millones de sufridos ciudadanos, sería suficiente un simple gesto para determinar una hoja de ruta que pretenda crear un marco jurídico nuevo, es decir, una ley nueva, más acorde con la propia ley natural de la que somos consecuencia. Para ello deberíamos incitar a las masas a crear un mandato democrático que hiciera hacer temblar y convencer a los que están en el poder. Un mandato que dejara de un lado las miserias políticas diarias para centrar la atención en los profundos avatares a los que nos enfrentamos como especie y humanidad. Un mandato que emancipara al individuo y a la colectividad de la atrocidad ecológica que está cometiendo. Sería suficiente con mirar un poco por encima de nuestras cabezas y observar que algo terrible estamos haciendo al planeta. Sería suficiente, antes de que la crueldad se desprenda de las profundidades del abismo.

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