Ánimo


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Ánimo viene de ánima, de alma, de aliento vital, de vida. Es curioso, si nos observamos, como la vida a veces se aleja de nosotros, aunque sería más exacto decir que nosotros nos alejamos de la vida. Cuando eso ocurre, decimos que estamos bajo de ánimo, hasta el punto de entrar en barrena y terminar con agudas o profundas depresiones, que no es más que entrar en contacto con lo más oscuro de la existencia. El temple se desmorona y nos convertimos en una roca fría e insensible. La vida se ha alejado de nosotros, y nosotros de ella.

Estas circunstancias son fáciles de observar. La falta de alegría, la pesadez con todo, el mal humor, la queja constantes, la crítica fácil, la decadencia de nuestras ideas o emociones. A veces esa falta de ánimo empieza por un pequeño detonante. Una mala experiencia, una circunstancia desagradable, un relación tóxica con alguien, una insatisfacción profunda no analizada ni consensuada con nuestro proyecto vital. Somos excesivamente vulnerables a todo cuanto nos rodea, que no son más que fuerzas y energías que interactúan en un plano sutil del que no siempre somos totalmente conscientes.

De ahí que muchas escuelas transpersonales nos alertan sobre la necesidad de estar despiertos, en plena consciencia, atentos, concentrados, fijos en nuestro centro para no ser desplomados por la mínima de cambio. Esa plena atención pretende desviar o esquivar esas fuerzas que constantemente soplan sobre nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestro aliento vital. Ser como un bambú, fuertes pero flexibles, nos advierten. Esa flexibilidad nos ayuda a campear con dulzura, sin rencor, sin mal humor, cualquier contrariedad. Y la fortaleza nos hace firmes ante cualquier terremoto o ciclón que pretenda arrancarnos de nuestra posición vital.

Por eso los estados de ánimo son un indicador excelente para estar alertas, para comprobar si hemos sido lo suficientemente flexibles y lo suficientemente fuertes y permeables ante lo que se nos avecina. El mundo es un constante cambio y fluir al que debemos adaptarnos sinuosamente.

Hay mucha gente amante de lo inmediato, pero que en seguida pierde la perspectiva del amor a largo plazo. Preferimos experiencias que nos llenen un gramo de adrenalina a vivir la intensidad, la pasión y la constancia de un proyecto a largo plazo. Las experiencias a corto plazo, los amantes inmediatos, enseguida nos consumen el ánimo, ya que dependemos de esas pequeñas dosis de compras compulsivas, de emociones instantáneas y realidades exprés para poder mantener a flote el sentido de felicidad. Los sabios dicen que lo importante es mantenerse firmes con las cosas profundas, y dejar que lo superficial interactúe fuera de nosotros. Si dejamos que las experiencias circunstanciales nos penetren y sean las que piloten nuestra nave, estamos en una deriva constante.

Nuestro ánimo, como decíamos, está emparentado con la vida. Y la vida, la verdadera vida, es la que nace desde dentro, expandiendo sus ramas de experiencia de forma delicada y lenta hacia los cielos infinitos. Es ahí donde se tejen los nidos de la experiencia sublime. Es ahí donde los frutos alcanzan la madurez suficiente para que el mágico y misterioso ciclo continúe.

(Fotografía: bosque inglés, de la amiga Isaura).

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