Pequeñas alegrías


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No sabemos nada de la vida. Apenas podemos alcanzar algo de su misterio. Ni siquiera disponemos de una receta universal que calme nuestras dudas. A veces nos sentimos poderosos y otras frágiles, acongojados, diminutos ante los acontecimientos diarios. Si quisiéramos tener cierto control sobre algo nos sería imposible adivinar qué podría pasar después. Hay algo que se nos escapa sutilmente. Una fina línea de realidad que se esparce por entre los dedos, cayendo inevitable hacia un abismo desconocido.

Nos abalanzamos hacia deseos, hacia pensamientos, hacia experiencias que creemos verdaderas. Pero luego resulta que todo se pierde en una pequeña apuesta llamada azar, suerte, fortuna. No somos conscientes de cuan frágil es nuestra vida hasta que no nos enfrentamos a ese momento crucial que todo lo cambia.

Lo único cierto es que hay que tener valor y coraje para enfrentarnos a este infortunio constante. Si algo somos eso es fortaleza. Si algo queremos ser eso es fragilidad, dulzura, humildad ante la grandeza de la vida. En el fondo siempre salimos ganando, aunque a veces la enfermedad o la propia muerte nos venza. Nuestra ganancia está fuertemente ligada a nuestra consciencia. Mientras esa diminuta llama de lucidez brille, estamos venciendo.

Herman Hesse insistió en que buscáramos el misterio en las cosas sencillas. En alguno de sus escritos nos dijo que pusiéramos el acento en las pequeñas alegrías. En ellas reside la riqueza del pobre y del rico. No es cuestión de cosas, ni de riquezas. La mayor fortuna pertenece a todos. Un amanecer, un abrazo, una sonrisa. Esas cosas nos llenan el alma, nos expanden la consciencia y fortalecen nuestra dignidad. Sólo debemos tomar consciencia de su profundidad, y en todo caso, de su propia existencia. Un cierto acopio de serenidad, de amor y de poesía serán suficientes para poder entrever ese lazo indestructible que nos une a la fuente de todo. Un trozo de calma será susceptible de acercarnos a la verdad suprema de que estamos vivos porque tenemos la capacidad de sorprendernos. Y esa sorpresa se derrama en todo lo que nos rodea. Y ese instante nos conecta con nuestra parte infinita, poderosa y frágil.

Mírate en este mismo instante. Observa todas esas pequeñas alegrías que pueden elevarnos a la categoría de dioses incandescentes, de brasas del abismo más profundo, de sortilegios de mundos maravillosos. Ahí cerca está la clave para poseer el verdadero aliento inmortal. Sólo debemos aprender a disfrutar de los placeres cotidianos, de la sublime arquitectura de todo cuanto nos rodea. En su insondable misterio está la clave de todo. Sonríe y disfruta. Todo conspira en este instante. Todo se construye para un propósito insondable. La puerta estrecha espera. Atraviésala.

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One thought on “Pequeñas alegrías

  1. Comparto lo de aprender a disfrutar de lo pequeño, lo cotidiano… porque varios de esos momentos hacen un momento más grande, más reconocible, más “compartible”.
    Sólo añadiría que debemos a aprender a sortear ese momento en el que alguien desagradable siempre parece estar dispuesto a estropear una decisión, una acción, una actitud y que te hace tambalear en tus creencias. Menos mal que sólo consiguen hacerte dudar durante un corto espacio de tiempo y luego vuelves a ver a toda la gente maravillosa que existe a tu alrededor 🙂

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