La libertad del laberinto


DSC_0683

Cerca de doce horas de viaje terminan en un banco de una gran ciudad. Por suerte la temperatura es agradable y el mar arrecia la compañía de las olas. Es media noche y no consigo plazas para llegar al centro. Miro a mi alrededor y solo veo calles laberínticas que se disponen de forma ordenada para invitar al osado a caminar entre ellas. Algún coche, algún trasnochador… El próximo transporte solo puede llevarme a cualquier hora del amanecer. Vía libre para elegir destino. Pero sólo al alba.

Siento cierta libertad y empiezo a caminar hasta las tres de la mañana. Una mujer de color empieza a llorar a mi lado. Necesita dinero y le doy la mitad de lo que tengo. Confío en que con la otra mitad llegaré a alguna parte. La mujer, atónita, me da las gracias repetidamente. De repente siento cierta libertad que me aproxima a esa ataraxia cargada de simbólico juego. Es la sonrisa cósmica, diminuta, frágil, que asoma por todas partes. Al no tener nada, al darlo todo, se posee la inmensidad.

Un hombre me ofrece su casa para descansar y quizás para alguna otra cosa más. Le digo que estoy cómodo en mi banco. Tengo estrellas, un trozo de luna y la brisa. Horas antes me habían invitado a perderme aún más, a no tener prisa por volver a ninguna parte. Pero resulta que el corazón siempre manda. Lo siento tranquilo, con ganas de volver a su centro. Late con disimulo pero con fuerza. ¿Hacia donde ir? Está claro. Hacia su centro, hacia su quietud. Lo demás son solo escenarios. Así que ahí me dirijo. Tranquilo, pausado, sonriente, cómplice.

Me quedo dormido algunas horas en el banco, en mitad de la gran ciudad, en la plaza. La policía me mira. Puedo notarlo cuando las luces azules resplandecen en mis pupilas cerradas. Miran mi aspecto, mi barba de hace unos días, mi sospechosa mochila. Continúan sin molestar. Tienen trabajo en la gran ciudad.

Tras atravesar de madrugada toda la urbe andando termino en la estación de tren. Puedo elegir cualquier destino. Aún tengo una larga noche por delante, una larga madrugada, un largo amanecer. El corazón sigue latiendo. Lo escucho. Anulo todas las citas. Pongo rumbo hacia el tintineo, hacia el rumor del alma, allí donde se teje el silbido, el susurro del aire.

Guardo un grato recuerdo de estos días. Entiendo que cualquier esfuerzo tiene que venir acompañado de la atención plena, del despertar consciente. De nada sirve cambiar de escenarios, viajar a cualquier laberinto si por dentro no se tiene la certeza de Ariadna, de ese hilo conductor que nos devolverá al Camino. Eso inyecta cierta libertad. Las causas que se hilvanan en la invisible maya tienen que ver con el laberinto. Las calles desaparecen. Las sombras de los vagabundos siguen ahí, en las posaderas donde se distribuye la economía. Yo sigo el camino del loco, que es seguro cuando se camina desde la alegría. Podría haber elegido cualquier destino. Pero al final, como siempre, elijo el mío propio.

Sale el sol. Empieza la música. El murmullo eleva la mirada. No he dormido mucho y eso me recuerda la importancia de estar despiertos. Veo puntos de luz que renacen a la vida. Noto que el hilo se entrelaza con fuerza en sus tres aspectos. Hay un nudo que termina donde empieza el vasto dominio del espíritu. Me agarro con fuerza a su trono más alto. Alzo la cabeza sobre sus sombras y diviso el espacio infinito. Ahí está, otra vez, la plenitud.

(Foto: fluyendo desde la estación)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s