Hacia el espíritu de la relación


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Tras un primer periplo por Suiza y Barcelona pude descansar unos días en O Couso. El verano se marchó y entró la otoñada. Menos gente, más silencio, más tiempo para la reflexión. Pudimos pasar esta semana entretenidos en intentar llevar el agua del nuevo pozo hacia la casa. Siempre faltaba alguna pieza, algún remate, alguna cosa que fallaba a última hora. El agua se resistía a llegar, pero al final, como si de un milagro se tratara, atravesó los muros centenarios y llenó los barreños de la cocina. Fue un momento especial, un lugar de calma, de alivio, de esperanza tras un año esperando ese acontecimiento.

El agua es una fuente de vida, es un motivo de relación. La relación se expresa desde muchas instancias. Algunas tangibles, otras intangibles. En Suiza nos relacionábamos desde la comprensión y la misión común de proveer al mundo de inspiración. En Cataluña lo pasé francamente mal. Volver a las raíces, al desencuentro, a los nacionalismos divisorios. Tuve una mala relación con esa experiencia que me hizo entrar en barrena, en coraje, en rabia. No supe salvaguardarme, protegerme suficientemente de esa tiranía de la separación. En O Couso la relación es profunda. Los animales, la naturaleza, el bosque, los elementos. Ahí todo fluye de forma diferente, todo nos moldea y nos realza. No existe privación, ni límites conceptuales. Todo fluye hacia una visión más amplia, más armoniosa con la experiencia de la vida.

De estas tres experiencias separadas pero que vienen de una continuidad saco la conclusión de que el medio ayuda a relacionarnos. Lo hostil nos separa mientras que la intención del amor nos exalta, nos acerca, nos provoca amor. El medio, los lugares, la gente con la que estamos, puede afectar nuestro estado de ánimo, nuestra fuerza interior, nuestra capacidad para dar lo mejor de nosotros, o lo más oscuro. Podemos ofrecer una mejor versión de nosotros cuando vivimos una vida más plena y tranquila, un equilibrio más consciente con todo lo que nos rodea. Eso ocurre porque nuestra fragilidad crece cuando la adversidad aumenta. Es nuestra condición humana.

Perpetuar, proteger y albergar el espíritu de la relación es harto complejo. Uno puede llenarse la boca de bonitos ideales, de frases hermosas y rimbombantes, pero luego el día a día, la realidad, siempre se impone. Desde una cueva protegida por nuestra cárcel conceptual, no expuestos al mundo, resulta fácil hilvanar una realidad feliz. Pero salir al medio, exponerte a las inclemencias físicas y metafísicas de la convivencia humana requiere una fuerza especial.

Me anima la experiencia de estos días. Lleno las alforjas de conocimiento y vasta experiencia. Comprendo que aún queda mucho por hacer y que siempre tendremos la posibilidad de poder intentarlo de nuevo. No me preocupa equivocarme. Me angustia la posibilidad de dejar de intentarlo. Así que sigamos profundizando en la relación, y en su espíritu.

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