El día de la Bestia


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Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Martin Niemöller

Una de las matriculas de honor que saqué en la carrera de antropología fue en la asignatura de “Teoría crítica y pensamiento antropológico”. La persona que daba la asignatura era la alemana Verena Stolcke, la cual, escarmentada de las patrias y los nacionalismos (nació en Dessau, en la Alemania nazi de 1938) debió comulgar con mi análisis crítico de la realidad. Era de las pocas voces críticas que se atrevían a no defender el pensamiento nacionalista, y de ahí la simpatía mutua cuando en la universidad me llamaban facha por el mismo motivo. Lo recordaba esta mañana en la plaza Cívica de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve que ir a realizar unas gestiones académicas para el doctorado. (Esto lo cuento por eso de que en toda teoría siempre hay algo de biografía, así que disculpad las molestias del introito).

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No encontré entre los estudiantes ningún tipo de ambiente revolucionario, ni contestatario tras el día glorioso de ayer excepto en la librería plagada de libros con claro acento nacionalista y patrio. Todo estaba tranquilo, como si el día más importante de sus vidas, según los nacionalistas, no hubiera ocurrido. Ni celebraciones, ni borrachera ideológica, ni brote psicótico grupal. Todo en calma, en absoluta calma. El único reducto de simpática conversación lo protagonizaban dos jóvenes entusiastas que analizaban lo ocurrido. Me senté por curiosidad a su lado para escuchar-curiosear-cotillear atento la conversación. Para uno de ellos, el más radical, la culpa de todo había sido del “enemigo”. “Y hablo de enemigo porque habría que aniquilarlo”, decía a su atento interlocutor, un hijo de emigrante convencido de que lo mejor que le podía pasar en la vida es la reconversión al nacionalismo (al menos para evitar que lo aniquilen social y culturalmente). El hijo de emigrante (recuerdo que una vez me insultaron con estas palabras) decía que sí a todo en un catalán enlatado que le delataba, inclusive cuando su acalorado amigo decía que la culpa de todo lo que había ocurrido era de los “colonos españoles”, en clara alusión a los padres de los “charnegos” que aún siguen votando lo que les da la gana (incluido al Iceta), y no a la verdad, o dicho de otra manera, a la independencia. Si no hubiera sido por esos colonos, hoy hubiera sido un día triunfante y glorioso para la patria catalana. Pero por suerte o por desgracia, no hubo balconada. Nadie salió diciendo eso de: “Catalanes: interpretando el sentimiento y los anhelos del pueblo que nos acaba de dar su sufragio, proclamo la República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” (palabras de Companys). Ni el “Juntos por el Sí” tuvo mayoría de escaños ni tuvo mayoría de votos. Sí consiguió un país fragmentado, según el entusiasta estudiante de esta mañana, por culpa de los “colonos”, pero no mucho más. Ni hubo balconada anoche ni ahora se sabe muy bien como vamos a salir de este lío.

Ayer también fue un día festivo. No había un ambiente revolucionario. Más bien las calles estaban desiertas, casi sin tráfico. Antes de ir a votar cerca del lugar donde nací en el Valle de Hebrón, estuve paseando por el parque del Laberinto. Un bonito lugar donde perderse y donde bucear en los misterios del vellocino de oro y del hilo de Ariadna. El laberinto, como en la leyenda del Minotauro, representa como antaño las complejas construcciones palaciegas que rodean el ideario nacionalista. La razón, representada por Teseo, aún no ha encarnado del todo en este pequeño país mediterráneo viendo como se reproducía, a pesar de todo, la perseverancia en la independencia a costa de lo que haga falta. “Hemos ganado”, repiten unos y otros. ¿Qué es lo que hemos ganado, a parte de incertidumbre y desconfianza? Me pregunto yo…

Quise hacer pedagogía de lo que ocurre. Cogí mi papeleta, fui a votar, y no me dejaron. Era natural. No estaba dentro de la ley, lo que ellos llaman “empadronado”. A pesar de haber nacido a pocos metros de esas calles, por ley no tenía derecho a decidir en el día más glorioso de la patria, en el día de la liberación nacional. Tuve la osadía de explicar mi cómica actuación en las redes sociales y recibí todo tipo de insultos y amenazas: “manipulador”, “hdp”, “no vamos bien”, “demagogia barata”, “lejos de la verdad”… Quizás fui un poco travieso, pero solo quise hacer algo de pedagogía, tampoco era para tanto.DSC_0560

Quien verdaderamente ganó las elecciones de ayer fue la Bestia. Y no me refiero a la que aparece en el Libro de Enoc, el Leviatán descrito junto a Behemot: «Y en ese día se separarán dos monstruos, una hembra llamada Leviatán, que morará en el abismo sobre donde manan las aguas, y un macho llamado Behemot, y ocupará con sus pechos un desierto inmenso llamado Dandain». Me refiero al de Hobbes, ese que nació con miedo (era porque esa noche venía la armada Invencible a Inglaterra) predicando que los humanos son libres y, sin embargo, viven en el perpetuo peligro de que acontezca una guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes). Ese miedo siempre está ahí porque el contrato social es débil y puede ser roto en cualquier momento. Por eso hoy salía a las calles con cierto alivio. Al menos un alivio temporal de ver que la sangre no había llegado al río, o en palabras de Hobbes, viendo que el reino de la oscuridad aún no había penetrado del todo.

Ayer tiré a la papelera mi papeleta de voto al partido PACMA (animalistas, porque en este país parece que lo más sensato es votar a los que defienden a los animales –me refiero a los otros animales-). La construcción de otro Leviatán basado en la pureza de raza, nación, lengua, cultura, bandera o lo que sea me parece una aberración. Por mucho que se enfaden mis amigos nacionalistas (o patriotistas, tanto monta), esa aberración no nos llevará a ningún buen puerto. No lo digo yo, lo dice la historia de los nacionalismos y lo decía Verena Stolcke, que algo entiende de estas cosas. La libertad no se mide por el tamaño de las banderas, en ver quién la tiene más grande, como ha ocurrido en estas tremendas semanas. La libertad se mide por la acción inmanente de amar al prójimo. Todo lo que vaya en contra del otro va en contra de mí mismo. Así que con vuestro permiso, y con el permiso de Martin Niemöller, seguiré protestando. Eso sí, a mi manera. DSC_0563

(Fotos: El Parque del Laberinto ayer antes de ir a votar. Literatura nacionalista en las librerías de la universidad esta mañana en la UAB con claro análisis sobre el “enemigo”. Intento de voto fallido ayer en Barcelona).

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2 thoughts on “El día de la Bestia

  1. Me hace gracia eso de participar en el sistema pero ‘no juego en esta liga’ JAJAJA
    Yo se perfectamente dónde estoy empadronada, pero hace mil que no me molesto en salir a la calle cuando hay elecciones. Veo fotos de colas para ir a votar y pienso: hay que ver como se ha puesto Matrix! cada vez más y más gente aferrada al mundo ilusorio.
    No es un acto revolucionario, ni pedagógico, ni de ser antisocial. Es un acto de rendición, sin juicios de valor, sin identificación de formas, sin apegos….la salida de la cueva de Platón

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