De voluntario en Ginebra


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Llegué hace unos días a la República de Ginebra (así es como se llama realmente esta hermosa ciudad suiza) y parece que llevara aquí toda la vida. Los amigos de Buena Voluntad Mundial me instalaron en el apartamento que la organización tiene para alojar a sus voluntarios en un lugar precioso llamado Petit-Lancy. Desde aquí puedo ver las majestuosas montañas que ya pertenecen a Francia y puedo disfrutar del silencio ordenado que embarga a todo el país helvético.

Tras una primera jornada como voluntario en las oficinas que la organización tiene en la Rue de Stand, he dedicado toda la tarde a cocinar cuatro tortillas de patatas que mañana pretendo compartir con el resto del personal. Además de mi ramalazo culinario, el cometido del viaje tiene que ver con la puesta a punto de todo el arsenal editorial que la organización dispone, aprovechando mis conocimientos en la materia y mi predisposición para de alguna forma devolver todos estos años de estudio que he recibido sin que ellos en ningún momento hubieran pedido nada a cambio. Me parece un tributo justo que hago con ilusión, porque de paso aprendo sobre la marcha como se organiza una institución internacional. Aquellos que trabajan por los demás sin pedir nada a cambio siempre han merecido mi mayor respeto, admiración y consideración personal.

M primera tarea ha consistido mirar en los archivos todos los países que colaboran en la difusión de sus libros, quienes son los contactos y como acceder a ellos para actualizar el estado de todo el departamento editorial. Una tarea ingente que me ha puesto en escena toda la magnitud del trabajo. También en tomar consciencia de la falta de manos que puedan ayudar en el servicio de la institución.

Es curioso porque de este mismo problema adolecen muchas instituciones benéficas que no pueden tirar adelante por falta de personas de buena voluntad que deseen echar una mano. Incluso en O Couso nos ocurre, a pesar de toda la gente bonita que viene día a día. Siempre hay un exceso de trabajo, de ideas y de proyectos que nunca ven la luz por falta de personas capaces de ejecutarlos. Quizás por esta misma experiencia sentí la necesidad de venir hasta aquí y ayudar en todo lo que pudiera. Son sólo unos días de trabajo pero estoy seguro que algo positivo puedo aportar y estoy seguro que algo válido podrá quedarse.

Estoy convencido de que algún día podremos dedicar mucho tiempo a ayudar a los demás. Lo podía hacer cuando era adolescente en instituciones como la Cruz Roja o Cáritas o agrupaciones ecologistas. Más tarde en organismos de tendencia política y ahora en lugares donde más allá de la acción y la caridad se asuma también la responsabilidad interior de trabajar para la consciencia. Quizás ahí se encierre una clave oculta muy importante. Pues si albergamos la esperanza de que algún ápice de consciencia se puede modificar, cambiar o engrandecer, podemos de la misma manera estar convencidos de que menos manos harán falta para la acción política y la caridad. A mayor consciencia de todos, mejor será el mundo que viene. De ahí mi empeño personal en dedicar una parte importante de mi vida en buscar fórmulas para acrecentar la luz y la lucidez en las consciencias humanas. Es sólo cuestión de tiempo que podamos poco a poco ser una influencia positiva para el mundo. Animaros a compartir vuestro tiempo. Hay mucho por hacer y pocas las manos. Y la recompensa os aseguro que no tiene precio.

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