La resistencia


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Durante un tiempo estuve viviendo muy cerca de las orillas de la bella ciudad de Lübeck, en el norte de Alemania. Allí nos contaban historias sobre la gran guerra y todo el holocausto que Europa sufrió no hace mucho tiempo. Deberíamos señalar con fuerza esta última frase: no hace mucho tiempo. A veces a escondidas y con algo de resquemor los habitantes de aquellos lugares de la Baja Sajonia me enseñaban los recuerdos de la guerra. Padres y abuelos que habían participado en la contienda, defendiendo la Alemania nazi y todo el régimen nazista con la mayor naturalidad del mundo. Lo normal en aquel tiempo era ser partidario de Hitler y su locura. Eso era lo corriente, lo uniforme, lo correcto.

No para todo el mundo. Julius Leber participó activamente en la resistencia alemana en contra del régimen de Hitler. Hasta el punto de que estuvo implicado en los atentados que intentaron acabar con la vida del Führer. Hasta el punto de que dio su vida por la causa de la libertad y de la paz.

Julius Leber fue consejero municipal de Lübeck. Nadie en ese momento podría presagiar lo que se avecinaba para ese hermoso país tras la sangrienta primera gran guerra. Nadie podía pensar que esas pacíficas y festivas banderas que colgaban en toda la propaganda nazi iban a terminar en una de las más terribles de las guerras.

En aquellos tiempos parecía algo normal la exaltación a la patria, a la nación aria, el rechazo a la razón y todo lo que pudiera venir de la decadente civilización occidental. Estábamos ante el rechazo más vivo sobre los valores de ilustración y el positivismo. La decadencia de Occidente se gestaba en el caldo de cultivo de la crisis económica que toda Europa vivía y la desilusión por las democracias que nada aportaban a la solución de una paz eficiente y nutritiva. En ese caldo de cultivo nació lo irracional, la adoración a las banderas y la proclama de verdades absolutas sobre la raza y la nación.

Algo muy parecido está ocurriendo en estos tiempos de exaltación nacional. En estos días que paseo por Barcelona se me eriza el cabello cuando veo tanta y tanta bandera. Quizás porque me costó entender cómo un pacífico pueblo como el alemán pudo caer en las trampas de la irracionalidad más absoluta de mano de un loco provocador que se creía el supremo Guía del pueblo alemán, espiritual, política y militarmente.

Lo siento, pero no podemos callarnos ante este resurgir irracional. No importa cuan nobles propósitos guarden en sus entrañas. Las relaciones irracionales nunca aportaron nada bueno. El pensamiento debe infundir luz a lo irracional. De nuevo la resistencia. De nuevo la pérdida de sentido.

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