Las florecillas del bosque


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Como últimamente está complicado opinar porque te pueden tachar de cualquier cosa, hablemos de las florecillas del bosque. No busco con ello competir con el ser urbanita, ese que vive en aglomerados, como lo definen algunos, o en conejeras, como decía una profesora rural no hace mucho. Vivir en la ciudad tiene sus ventajas, y casi todas tienen que ver con el disfrute y el bienestar material. Pero las florecillas del bosque tienen ese aroma especial que te hace dibujar en la imaginación algo sensible hacia los planos más selectos de la naturaleza. Digamos que en la ciudad es más difícil apreciar el suave tacto de la suprema belleza, ya que sus calles grises atenúan y nos alejan de la esencia natural de la que venimos.

En cambio, la vida en la montaña o en el campo tiene sus propios beneficios. Es cierto que están alejados de los beneficios materiales de la ciudad. Pero aquí, gracias en parte a las florecillas del bosque, empezamos a encontrar réditos espirituales o psicológicos, más que materiales. El intercambio de bienes y servicios se transforma en el campo por el intercambio de emociones y pensamientos, de estados del ser que pueden fluctuar desde la más alta de las alegrías a la más honda de las tristezas. Nada escapa a los atardeceres, a la vida libre en los linderos verdes, a los paseos por los prados. La belleza natural de cada escenario nos abruma y nos salpica de sensaciones. Esta vez reales, palpables, sintientes. Un escenario real para seres reales.

La vida en el campo, materialmente hablando es mucho más compleja que en la ciudad. Aquí estás expuesto a muchos avatares que no controlas. Por ejemplo, hoy ha salido una gotera en mi caravana justo encima de la cama. También la gata me ha puesto su delicada mano en el ojo derecho y casi me quedo tuerto. Pero no pasa nada, son avatares menores en comparación con la insultante libertad y el tacto profundo de todo cuanto aquí ocurre. El precio de las inclemencias está más que pagado. La belleza, la armonía, la enseñanza natural de las cosas son suficientes para llegar a la cama, aunque este mojada por la gotera, plagado de satisfacciones.

Y las florecillas del bosque nos ayudan a no pensar en todo eso que ocurre ahí fuera, ya sabéis, la destrucción de países, los refugiados, el neofascismo nacionalista, el hambre en el mundo o incluso la propia destrucción de la naturaleza en manos de los malvados troles humanos. Como vivo en el bosque, ¿por qué iba yo a preocuparme de esas cosas? ¿Para qué ser crítico con una realidad que ni me va ni me viene? Sigamos pues contemplando las florecillas, y emancipándonos de nuestras dolencias humanas. Como dicen los místicos de la nueva era, todo está bien… Inclusive la agudeza inquisitiva de la ignorancia más ciega e inverosímil.

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4 thoughts on “Las florecillas del bosque

  1. En este escrito y muy al final hablas de la Nueva Era y del que “todo está bien”. Me gustaría muchísimo que me explicaras si te incluyes en eso de “todo está bien” o no, pues en tu escrito lo dejas muy difuso.
    Gracias de antemano por tu contestación y por tus bellísimas entradas que siempre sigo. Muchos besos. Belén

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  2. Para mí no todo está bien, al menos desde mi ignorancia más supina. De ahí mi tono crítico e irónico… Este texto quiere precisamente denunciar esa pasividad mística y contemplativa que en el fondo es egoísta y simplista. No podemos quedarnos al borde del camino mientras todo se derrumba a nuestro alrededor… No es moralmente correcto ni humanamente admisible…

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  3. Totalmente de acuerdo. Pasividad mística y contemplativa. Pero aún así, prefiero el bosque, las florecillas, el agua de las lluvias, y el arañazo de un animal que, al menos a mí, me recuerda que no estamos solos en este mundo. La ciudad me recuerda el mundo del ego en que vivimos, regido por sus normas y leyes, creadas por el hombre para el hombre. El bosque, la montaña, el río, la pradera, el océano, la mar… esos aún se rigen por las Leyes Universales mientras el hombre no lo cubra de cemento.

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  4. Hola Javier, qué tal el verano? Yo he terminado como tú, acabo de perder a mi padre ya muy mayor, pero creo que él está bien y yo procuro seguir con mi vida. Te doy las gracias porque este escrito tuyo me viene como anillo al dedo, pues después de llevarme en mi pequeño pueblo seis meses cuidando de él, he comprobado que allí están mis raíces y me siento muy bien, así que creo mi espíritu me pide irme a vivir allí y con tu escrito me ha llegado como una confirmación. Un abrazo, Luz Cabello.

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