Poseedores de verdad, dioses de la ciencia y herejes de la opinión


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La verdad es algo fragmentado e inhóspito. Nadie, a no ser que sea un dios, puede acceder a toda su complejidad. Por eso hablar en nombre de la verdad es muy matizable y arriesgado. Habría que definir sabiamente, o humildemente, eso de “la verdad”. O al menos matizarla, es decir, rebajarla en nombre de “mi verdad”, proclamando o diciendo o defendiendo esto o lo otro. Pero no se puede atribuir a causas subjetivas (todas las causas lo son desde nuestra limitada y corrosiva percepción) un atisbo de verdad. La verdad objetiva, por más que los nuevos adoradores de la ciencia lo afirmen, jamás podrá existir. Todo pasa por nuestro sesgo limitado, por nuestra visión –ya la física cuántica nos habla de eso-, por nuestro reclamo y sed de dotar de categorías absolutas a hechos que nacen tan solo de una percepción frágil y absurda ante la inmensidad del universo.

Por eso no podemos entender a los dioses, y menos aún describirlos, analizarlos, percibirlos o adivinar sus proezas, sus pensamientos o emociones, de tenerlas. Por eso los hechos que pasan en el mundo podremos clasificarlos sobre valores morales o éticos, pero jamás sobre verdades inamovibles. Todo es mucho más impermanente de lo que creemos, y sobre todo, lo existente ante nuestra memoria colectiva y nuestro acervo racial siempre es provisional. Nada es lo que parece y todo nace y muere sobre un manto de absoluta ilusión.

Luego está la opinión. Todos podemos opinar sobre todo. No hay límites excepto nuestra formación, nuestra cultura, nuestra visión de las cosas, nuestro bagaje existencial y nuestras experiencias cognitivas. La opinión, a diferencia de las verdades y las categorías científicas, está al alcance de todos. Podemos opinar con vehemencia sobre fútbol. Me encantan las tertulias de bar donde parece que un grupo de experimentados sabios arguyen poderosas argumentaciones sobre alguna jugada de turno. Podemos opinar sobre las creencias. Ver esos corsés que nacen de dogmas inamovibles y observar como unos y otros se ponen firmes y serios ante dioses y revelaciones. Podemos opinar sobre política. Decir que los nacionalismos son así o asá o pensar que los de derechas son de un color distinto a los de izquierdas, y que estos se diferencian de los del centro por mil causas. La opinión es libre y por lo tanto no siempre gusta. E incluso, cuanto más libre es de dogma o creencia, de mito o fantasía, más se estigmatiza, más herética resulta.

Lo que nunca podemos hacer con respecto a la opinión es anularla, callarla, amordazarla, enmudecerla. Eso es lo que hacen los totalitaristas, los absolutistas, los fascistas, los nacionalistas, los patriotistas, los extremistas, los fanáticos, sectarios, intolerantes, intransigentes y cualquier tipo de vehemencia exaltada que se crea en posesión de algún tipo de verdad o de categoría científica.

Jamás se puede decir al otro que no opine, aunque su opinión para nosotros resulte yerma o herrada. Jamás se puede poner un bozal al sentimiento o el alma del otro. La libre expresión fue una de las grandes conquistas. Jamás se puede poner un dogal en la boca de los que se atreven a opinar, ya sea de fútbol, de política, de creencias, de alma… Sus condicionantes vitales le harán ser presa fácil del resto de opiniones. Pero eso es lo divertido de comunicarse y opinar. Jugar a que nos entendemos en algunos temas y desechar el resto porque no son relevantes en nuestras vidas.

Por ello, no me pidáis que calle, no me pidáis que ahogue mi grito y extinga mi llama. No me pidáis que opine como vosotros, como vuestra verdad o como os gustaría que opinara. Dejadme que vocifere, que aplauda, que llore, que gima, que me alegre o me entristezca y que pueda hacerlo libremente. No me pidáis que deje de denunciar desde mi postura o impostura. No me pidáis que adore a vuestro becerro de oro si no lo siento como mío. Ni que siga borreguil a un rebaño que no me pertenece. Dejadme ser libre, y que opine. Aunque me equivoque, será mía la equivocación. Pero al menos viviré en dignidad y libertad.

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3 thoughts on “Poseedores de verdad, dioses de la ciencia y herejes de la opinión

  1. Por estos mismos argumentos que esgrimes también yo necesito que me dejes hablar, sentir, llorar, opinar…
    Acaso no hiciste tú lo mismo que quiere hacer ahora todo un pueblo? Tu “desertaste” de una tierra… y no ves lícito que lo haga ahora todo un pueblo…
    Todo està en el plano de la opinión respetable, cuando sale del sentimiento de uno mismo, es algo más que una opinión, és una experiencia vivida…
    Pero no dejamos de estar en el plano “ilusorio” la vida real està fuera de aquí, está en otro plano.

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    • Hasta donde yo sé te dejo que hables y opines. Yo no deserté de una tierra. Digamos que tuve que irme por irrespirable, porque si no opinabas como ellos eras un facha o algo parecido. Porque en la universidad no podías opinar libremente… ¡¡¡en la universidad!!! Ni en las tertulias, ni en la calle, porque opinar contra el nacionalismo es igual a facha.
      El problema de Cataluña es que no “todo un pueblo” quiere la independencia. Hasta hace pocos años era una minoría y ahora solo la mitad… Esa es la cuestión…

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