El Procés, nuevo Movimiento Nacional


Bertran

Daba miedo ver el viernes a ese pelotón de ciudadanos uniformados con banderas y colores patrios andando pacífica y felizmente por las calles, en esa actitud borreguil tan propia de otrora otros tiempos donde la voluntad popular guiada por los lobos de siempre se humilla en la pérdida de identidad personal. Cataluña ha dejado de ser moderna y abierta para cerrarse en una actitud egoísta, pusilánime, caciquil y cortijera. Poco a poco se está convirtiendo en la Corea del Norte de Europa, donde la patria y la nación se exaltan hasta cuotas inimaginables. Donde te señalan y te hacen el vacío si no perteneces a este Nuevo Movimiento Nacional que tan tristemente nos recuerda a otros de antaño. ¿Seguimos hablando de naciones y patrias en pleno siglo XXI? Sí, seguimos.

El Procés, que así se llama el Nuevo Movimiento, se está convirtiendo en una corriente totalitaria, donde deja de existir la izquierda y la derecha, los de centro y los moderados para confluir todos en una sola lista, en un solo pensamiento único, patrio, de abolengo, de sentimiento nacional. La ralea condición no da espacio para lo demás. Sólo puede existir ese camino, esa vía. Sólo los que sigan la flecha, los que tengan una bonita bandera estelada en sus balcones, serán dignos de pertenecer a la nueva y esperpéntica patria. Esto no es un nuevo orden, es un antiguo deseo de poder bien articulado por la membresía anquilosada en el feudo y lo territorial, en el egoísmo y el engaño. En vez de desmembrar mediante ciudadanía y libertad al estado-nación queremos crear otros, los nuestros, que por supuesto siempre serán más ricos y mejores. En vez de cambiar banderas por libros seguimos esculpiendo banderas más poderosas y grandilocuentes por amplias avenidas. En vez de aportar luz y conocimiento aportamos folklórico colorido, muy parecido al de los circos romanos o los más modernos estadios de futbol. De nuevo la razón anquilosada y mancillada en nombre de la estupidez, la ceguera y la bobería. De nuevo todos uniformados. De nuevo todos de vuelta al fascismo (recordemos: “el fascismo pretende la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o revanchistas, lo cual conduce a la violencia -ya sea por parte de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen- contra aquello que se defina como enemigo mediante un eficaz aparato de propaganda”… ¿nos suena?).

Reencantar al pueblo ha sido siempre un uso común en las oligarquías de siempre, hasta el punto de hacer pensar a la gente que son ellos los verdaderos artífices de tamaña conquista. Es siempre el pueblo el que mataría por defender esa mentira, sea la que sea. Es siempre el pueblo el que legitima el cebo para defender a los oligarcas. Es siempre el pueblo el que sale a la calle o al campo de batalla.

Lo patético de todo es que se imita a la perfección antiguos modelos, relegando como única vía posible y deseada al Movimiento Nacional, al Procés vestido de modernidad, pero con sus mismas esencias. Articulando a toda la sociedad a un único cauce de participación en la vida pública y civil y subyugando una cultura y una lengua a otra. Ya lo vimos en la Diada, donde el Procés ha uniformado a sus fieles y adoctrinados seguidores apoderándose de una fiesta común. Todo configurado desde la ilusión y la chapuza, desde lo festivo y la falta de respeto hacia lo otro.

Al igual que antaño con el Movimiento Nacional, únicamente pueden expresarse las llamadas entidades naturales. Si en el fascismo español eran la familia, el municipio y el sindicato vertical, ahora en el movimiento nacional catalán son la nación, la lengua y el Junts pel sí (¿una nueva plutocracia?. La cruzada existe, como en el fascismo español, y se llama independencia. Los eslóganes son parecidos. Los enemigos todo aquello que no resume a catalanidad, o séase, el resto de España o los castellanos, a unas malas.

Así a lo largo de la historia ha funcionado a la perfección el encantamiento del pueblo. Buscando enemigos, cruzadas, símbolos, ideología única y verdadera, razón de existir y pertenecer a una raza o nación, necesidad ególatra de participar en la locura colectiva.

A nadie en su sano juicio le gusta esta España que entre todos, catalanes incluidos, hemos construido. A nadie le gustaría pertenecer a este esperpento tal y como lo hemos heredado del fascismo español nacido en la Guerra Civil. Pero a nadie se le ocurriría desquebrajar esta herencia asumiendo sus valores y principios más ancestrales y temerarios. Nunca se podrá apagar el fuego con más fuego, y nunca la exaltación nacional podrá abolir la rancia condición patria. El ciudadano del futuro no basará su existencia en banderas, patrias y naciones, sino en la conjura de luchar juntos contra las injusticias sociales, no contra el otro social. Esperemos que la frustración no termine en violencia como en épocas pasadas y esperemos que la búsqueda de libertades no vengan de la mano de banderas, sino de libros y conocimiento.

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