La plaga humana, y como combatirla


AYLAN

La imagen que está dando la vuelta al mundo de ese pobre niño muerto en la playa es solo el preludio de algo terrible. El cambio climático, las guerras, la pobreza, las migraciones masivas como las que estamos viviendo en estos momentos solo son un preámbulo de algo que podría ir a peor.

Los movimientos milenaristas siempre nos han avisado del advenimiento inevitable del fin del mundo. Esta vez el fin del mundo está ocurriendo. Al menos, el fin de una civilización, de un tiempo, de una forma de entender la existencia. El ser humano, nuestra civilización, se ha convertido en los últimos trescientos años en una auténtica plaga. El desarrollo, el crecimiento y la prosperidad sin ningún tipo de cuota o control han hecho que la escasez de los recursos y la contaminación del planeta sean una constante. No es un problema el que nos hayamos triplicado en tan pocas décadas como especie. Es un problema de sostenibilidad, de relación con el medio ambiente y de falta de controles de todo tipo ante el inminente colapso global. Todos queremos crecer. Los países, las regiones, los colectivos, los humanos. Pero no sabemos que crecer de forma infinita no es posible.

Cuando veo la imagen del niño Aylan no puedo más que sentir una rabia interna que me lleva a la movilización. No puedo seguir mirando hacia otra parte. No puedo seguir de forma cínica como si no pasara nada. El ser humano se ha convertido en una plaga. Algo de eso estoy contando en mi tesis doctoral. Pero, ¿qué se puede hacer cuando se toma consciencia de algo tan terrible? Dejar de participar en ello.

Hace ahora justamente diez años estaba poniendo los cimientos de mi futura casa en el sur de España. Toneladas de cemento, decenas de personas trabajando a destajo, decenas de camiones bombeando día y noche material de construcción. Sólo en la cimentación debí gastar unos cuarenta mil euros para satisfacer mi necesidad de seguridad y cobijo. Diez años después decidí cambiar de paradigma, dejar de participar en el sistema, en la estructura que nos está conduciendo hacia la inminente extinción. Justo hoy terminábamos los cimientos de nuestra primera cabaña en el bosque. Ocho pequeños pilares de piedra con un coste no superior a cuarenta euros. Nada que ver con lo ocurrido hace diez años. ¿Qué ha cambiado en todo este tiempo para conseguir lo mismo, un hogar, pero a un coste ecológico mínimo?

Lo que ha ocurrido ha sido un cambio interior, de paradigma, de estructura invisible. Un profundo y comprometido cambio transcendental. Con el tiempo me he dado cuenta de que la única forma de cambiar el modelo, el sistema, es cambiando nuestra estructura interna. Por eso muchos proyectos de ecoaldeas y comunidades alternativas fracasan. Olvidaron lo más obvio: el ser interior. Si no hay cambio por dentro, inevitablemente reproduciremos lo que somos. No importa el nombre que le pongamos.

No se trata de abandonar el viejo paradigma y marcharnos todos a las montañas, a los bosques, donde supuestamente la vida equilibrada y en contacto con la naturaleza es más fácil. Se trata de que cambiemos por dentro, inevitablemente, para que lo de fuera termine desquebrajándose en mil pedazos. La única forma de combatirnos a nosotros mismos, tal y como explicaba en el librito “Creando Utopías”, es cambiando nosotros. Nosotros somos nuestro peor enemigo, pero también nuestra mejor esperanza. En nosotros está sembrada la semilla del cambio.

No sabemos cuanto tiempo de vida útil nos queda como individuos o como colectivo. Pero sí sabemos una cosa: tenemos la responsabilidad, el deber moral y el compromiso de cambiar. Cambiar nuestros hábitos, nuestras conductas, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestra actitud con la vida. Cambiar nuestras células si es necesario, hasta lo más pequeño, para crear un ser humano nuevo, y de paso, construir ese mundo nuevo. Nuestro reto tiene mucho que ver con la fe y la esperanza en nosotros mismos. Estemos muy atentos, porque no tenemos otro remedio que el del cambio inevitable.

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