Hacia una dimensión transpersonal de las relaciones


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A veces tenemos la suerte de participar en reuniones o eventos donde se pretende crear un tipo de pensamiento nuevo, un paradigma rompedor con el modelo anterior. Pero enseguida nos damos cuenta de esa complejidad cuando regimos nuestras formas a los mismos criterios de antaño. Tenemos por costumbre cambiar los nombres y llamar a cosas como la democracia algo así como sociocracia o otras cosas por el estilo. Sin embargo, la estructura interna del ser humano no cambia, y por lo tanto, el modelo sigue ofreciendo iguales resultados. Un modelo basado en el poder, la violencia y el egoísmo.

De ahí la complejidad para cambiar, por dentro y por fuera estructuras rígidas que durante siglos han mantenido el statu quo pertinente. ¿Cómo así podemos cambiar nuestras vidas? ¿Cómo mantener unas relaciones diferentes si son basadas en espacios estructurales rígidos?

Podemos cambiar de escenarios, poner nombres diferentes a las cosas, pero mientras no cambiemos nosotros por dentro nada de ahí afuera va a cambiar. Por eso los modelos alternativos de convivencia deben basar su supervivencia en una dimensión diferente en las relaciones. Esa dimensión no puede ser otra que la transpersonal.

Transpersonal significa que está más allá de nosotros, de nuestro entendimiento, de nuestra cotidianidad. Se refiere a un espacio diferente, a una dimensión más amplia que nuestras limitadas percepciones. Antiguamente llamábamos a ese marco de referencia como lugar espiritual, santo o místico. Nos referíamos a él como algo lejano. Pero los tiempos en los que el ser humano ha logrado emanciparse de muchos caducos preceptos ha provocado que el marco sagrado se sitúe casi al borde de donde termina nuestra psique más íntima. No es un cielo lejano ni una tierra prometida ni un paraíso inalcanzable. Es algo que está aquí dentro, aquí cerca, y que podemos situarlo en un marco de relaciones interpersonales basadas en esa sacralidad de antaño, pero enmarcado dentro de lo cotidiano.

Por eso cuando un modelo cualquiera de convivencia o relación se aleja de la dimensión transpersonal, repite esquemas caducos y desvía la atención grupal hacia una perseverancia egoísta. Si en nuestras relaciones cotidianas no somos capaces de situarnos en esa capacidad de resurgir en la suma de todos, no seremos capaces de provocar ningún tipo de cambio ni experiencia enriquecedora. Sólo seremos meros instrumentos de nuestras necesidades o caprichos temporales.

Sería bello, y diría que necesario que todas las reuniones o encuentros entre personas se realizaran desde ese marco transpersonal. La calidad y profundidad de los encuentros sería otra. Las relaciones serían más bellas y duraderas. Los espacios de encuentro se convertirían en lugares sagrados donde poder explorar la sutilidad del ser desde una plataforma más integral y completa. Necesariamente nos volveríamos más humanos, y por lo tanto, más sensibles a las necesidades del otro y del conjunto. Formaríamos parte de ese espacio grupal de aprendizaje y expansión. Todo tendría un sentido más profundo, comprometido y responsable.

(Foto: Este fin de semana en el encuentro anual de la Red Ibérica de Ecoaldeas).

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