Sobre el nosotros y el ellos


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Estimada R,

créeme si te digo que me ha emocionado leer tu sincero escrito. Realmente las palabras del otro día no reflejaban tristeza. Sí quizás algún tipo de melancolía no identificada, ya que uno nunca está a salvo de las norias emocionales y resulta complejo bucear en la armonía constante, a pesar de que en este último tiempo, y digo a pesar porque los acontecimientos recientes han sido pruebas duras, vivo una vida bastante equilibrada en todos los sentidos, además de sencilla. Mi mente cada día está más tranquila, es más llevadera, más concentrada, más activa en cosas y pensamientos útiles. Mis emociones, por fin, parecen más apaciguadas. Ya no es esa lava volcánica que explosionaba en cada cambio de estación. Ahora es como una suave brisa acompasada por la paz que la propia mente transmite en su navegar. Físicamente estoy en esa edad en la que el cuerpo cada vez demanda menos cosas. Por suerte nunca tuve ningún tipo de vicio, excepto las galletas de las que por el momento no puedo prescindir. Pero lo veo como un mal menor, algo llevadero y salvable. 

Esos cambios de paz y quietud interior quizás tengan que ver con el lugar donde me encuentro, o por la paz conseguida tras muchos años de batallas y conquistas y pérdidas y derrotas y victorias siempre a medias. Ahora me siento cada día más desnudo, sin tanto trasiego, sin tantas ganas de cambiar a nadie y sin esa necesidad que nos inculcan de ir demostrando cosas al mundo. El éxito siempre es una derrota. Pero hay que saber entenderlo en profundidad. 

Es como esa sensación de mirar desde una gran torre elevada todo lo que ocurre allí abajo en el valle. Pero esa mirada siempre es provisional, porque como Zaratustra hizo algún día, el que ha dedicado mucho tiempo a subir a la montaña, a las cimas del entendimiento y la responsabilidad de ver más allá, de sufrir un poco más con tal de saciar cierta angustia vital, luego tiene el compromiso interior de bajar al valle para compartir todo lo aprendido. Y aquí se juntan dos hechos importantes. El primero es la melancolía de la que te hablaba al principio. El segundo es la necesidad grupal, la expansión de mi propia individualidad mediante el otro. 

Cuando era pequeñito era algo así como un niño retraído. Diría que en términos psicológicos rozaba el autismo. No tenía ningún tipo de contacto ni interés por el exterior. Cuando los adultos me hablaban o los niños lo hacían en un tono no apropiado mi reacción era la de llorar. Las pocas veces que gesticulaba alguna palabra, y esto duró quizás hasta los diez o doce años, era siempre en susurro. Incluso hoy día a veces no me entienden por esa manía mía de hablar poco, mal y en susurro. En la escritura encontré una hermosa tabla de náufrago para expresar aquello que en palabras habladas no era capaz de hacer, y de ahí la afición. 

Tejer palabras escritas me era más natural que hablar. No me gusta hablar, y durante muchos años, hasta ya entrada la madurez, no era capaz de expresarme correctamente en grupos superiores a tres personas. 

Tuve una pareja durante siete años de profesión psicóloga que hizo una gran labor con mi timidez extrema. Consiguió de forma milagrosa arrebatarme de mi interior para sacar algo de mí al exterior. Rozando los treinta me convertí en lo que ella llamaba un “tímido compensando”, capaz de relacionarme con cierta normalidad con el exterior disimulando de paso las pocas ganas de hacerlo. Pasé de estar solo en el patio del colegio a tener uno o dos amigos en la adolescencia y a dar alguna que otra conferencia en público en la madurez en la que ahora me encuentro. Fue sin duda un gran progreso. 

Sin embargo, en mi naturaleza sigue dominando el niño tímido y retraído, autista, huraño y solitario que siempre he sido. Por eso cuando decidí hacer una tesis sobre comunidades para mí fue un reto. ¿Cómo un lobo solitario iba a someterse al juicio y la experiencia de vivir unos años en comunidad para entender de verdad qué era eso del ser humano? En ese trabajo arduo ocurrió un segundo milagro. De alguna forma entendí que el ser humano también podía llegar a ser hermoso, tratable, altruista y generoso. De repente me abrí como una flor en primavera y abracé al mundo. Corría el año 2005 cuando alguien me dio por primera vez un abrazo sentido. Sentí ganas de seguir practicando ese ritual del abrazo. Me fui a las comunidades donde allí todos se abrazan y se dan la mano y hacen círculos y bailan y practican valores universales que dotan de esperanza al ser humano y descubrí que no era tan terrible. Fue tal mi contagio y transformación y reconciliación con mi parte humana que pensé que el reto, el siguiente punto de partida de mi nuevo ser, debía ser participar como persona en un experimento grupal.

Y aquí estoy ahora, redescubriéndome desde esa plataforma impresionante, rodeado de almas cada día diferentes y a cual más radiante, interesante y bonita, sin temor a mirar a los ojos, a ser rozado o abrazado y con una gran capacidad de sorpresa diaria porque al fin y al cabo, pude entender de alguna forma, como dicen los Miserables de Víctor Hugo, que amar al semejante es mirar de frente a Dios. 

Esa transición de la que te hablaba tiene mucho que ver con esa reconciliación humana, con esa esperanza en el producto que somos. Este experimento grupal del que hace algunos años hubiera sido impensable en mí, ahora me reconecta con una fuente infinita de experiencia y conocimiento de lo que realmente soy, de lo que realmente somos en ese alma grupal. 

No recordaba lo de Sitges hasta que me lo has recordado. Y opino como tu, que es cierto que la gente cambia en grupo. Aquí lo vemos todos los días. Entra la gente cerrada, envuelta en mil problemas y angustias, cientos de preocupaciones y egoísmos, y de repente, algo ocurre al tercer o cuarto día que les transforma. Conectan con ese alma grupal, y entonces sacan lo mejor de sí mismos. Realmente no es que cambien de máscara, es que son capaces de brillar ante la luz y el calor del grupo. Es como cuando sacas de un fuego un trozo de madera y ves como poco a poco se va enfriando. Sin embargo, si lo vuelves a juntar junto al resto de troncos, empieza a brillar y a dar calor y fuego. Eso nos ocurre de igual forma. Cuando nos arrebatan del calor humano nos apagamos, nos volvemos rancios y egoístas. Pero cuando encontramos nuestro grupo, nuestra alma grupal, algo renace en nosotros, algo igual de maravilloso y retante. 

La experiencia que cuentas de autoexclusión de los grupos la conozco y ha sido siempre parte de mi vida. Siempre he tenido miedo a ser contaminado por lo peor del ser humano, por su parte oscura y egoísta. Hasta que un día descubrí eso del reflejo y de alguna forma me transformó. Y quizás de esa transformación nazca esa melancolía de la que te hablaba. La soledad siempre ha sido mi palacio. En mis libros y en mis paseos en solitario estaba mi reino. 

En estos momentos estamos construyendo tres cabañas para poder reencontrarnos también con ese otro yo necesario para la supervivencia del superyo. Allí tendré mi tiempo, mi pequeña parcelita de silencio y mi reencuentro con el llanero solitario que siempre fui. Pero una vez descubierto mi otro yo, mi yo grupal, gregario, admito que no podría prescindir de ninguno de ellos. Ahora el otro forma parte también de mi alimento espiritual, y como las abejas que van en busca de las flores para colectar su néctar y crear la miel, así me siento en este lugar. Voy de persona en persona extrayendo un trozo de su alma para luego poder compartirlo en la colmena humana. 

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