Epístola a un hereje


a

“Excava un hoyo para tu estanque, sin esperar a la luna. Cuando el estanque esté acabado, la luna vendrá por si sola”. Maestro Dogen (Japón s.XIII)

Estimado F.,

tienes razón en cuanto a lo que dices de que esto se ha convertido en una especie de vacaciones lowcost. He hecho el Camino tres veces, la primera rozando la mayoría de edad, allá por el 92, y he podido ver su involución. Tenemos la suerte de que la finca está en lo alto de una montaña, entre la Sierra de Édramo y el valle de Mao. Samos y su Camino de Santiago están de aquí justo a 3,3 km. de distancia en una empinada solo para valientes. Un número igual de mágico y valioso como para que los perezosos peregrinos-turistas, o turiperegrinos se lo piensen antes de alcanzar las cotas de esta montaña de los ángeles, que para nosotros ya es sagrada y celosa.

El frío y el hecho de no tener ningún tipo de comodidades espanta a esa horma, diría mejor, a esa plaga que mancilla y prostituye el verdadero Camino. Por eso aquí arriba nos sentimos un poco monjes-guerreros, protectores de los caminos, rezando por la mañana ese “non domine nobis sed nomini tuo da gloriam”, escuadra y compás en mano, midiendo cada detalle de la Gran Obra, mientras por la tarde intentamos calibrar el estrecho margen que nos acerca a la realidad de ahí abajo, siempre oscura y palaciega, ignorante y terrible. Lo que ocurre aquí arriba pocos lo entienden, y eso es también una perfecta protección espiritual y mística. Monjes vestidos de modernidad, y de paso, reconstructores silenciosos, a lo Asís, de los Misterios perdidos. No somos ni mejores ni peores que el resto de los mortales. A sabiendas que entre ellos somos iguales, nos limitamos a ser alfareros del barro de la creación y cumplir nuestra parte en el ara que nos corresponde.

También nos hemos convertido en canteros. Estamos rodeados de piedra que tallamos, intentando pulir con paciencia y buen cincel todas aquellas aristas que estorben para encajar en el edificio de la virtud y la inspiración. Es algo muy secreto y misterioso porque la verdadera obra no es esa ruina que estamos reconstruyendo, aunque muchos así lo crean, sino ese címbalo interior que es el ser humano y que merece tejer en la malla vital un reguero de luz. Realmente lo nuestro es un concierto cuya nota clave es ese idioma arcano y silencioso que produce vértigo y seducción al mismo tiempo. Alfareros, canteros y tejedores. Eso somos, y no otra cosa. Pero nuestros materiales de trabajo, por ser invisibles, son igual de incomprensibles para los que no están familiarizados con el Arte y el Oficio.

Los frailecillos de ahí abajo, copa de vino en mano y trozo tórrido de ternera roja en sus carnes, dicen que somos una secta donde hacemos cursos de cristales y no sé qué otras invenciones. Han llegado a confundirnos con el Opus Dei, y los más atrevidos dicen que grandes banqueros y benefactores nos ayudan con todo. Incluso dicen que andamos mendigando para poder comer. Ya sabes como son los chismes. Nosotros lo vemos todo con cierta dulzura y algo de gracia. Ya sabemos que somos herejes, y por ello asumimos la quema en la plaza pública, esta vez no con troncos ni ramas y fuego pero sí con cierta extenuación social. Si sales de la norma, te queman, de una u otra forma. Ese es el precio de buscar la virtud y huir del vicio. De adorar la libertad y evadirnos de la servidumbre y la esclavitud.

Una buena amiga me escribió anoche un mensaje: “tengo mucho miedo”. Nunca sabes qué contestar ante esa terrible sensación. Una vez sentí algo parecido. Fue un momento en el que la muerte rechinaba cerca, a más de tres mil metros de altura, y rozaba su aliento en mi nuca. En un golpe de suerte que debió durar un milésima de tiempo sentí el mayor pánico que jamás había sentido. Pude esquivar a la muerte pero me quedó grabado en fuego esa sensación inolvidable que supera el pánico. Aquello fue una especie de antídoto que me hizo descubrir para siempre la verdadera importancia de cada segundo de nuestras vidas. Tener mucho miedo, abrazarlo, es inyectar en tu vida ese antídoto. A partir de ese momento, estás vacunado para siempre, y la muerte se fusiona con la vida y son Uno para siempre, sin que exista mayor diferencia entre la una y la otra.

La última semana de septiembre estoy en Suiza. Pero si me dices con tiempo alguna otra fecha me la reservo y nos vemos con la calma que se merece. Tengo ganas de conocer tu templo de las Tierras Altas, y como a ti te gusta hablar y a mí escuchar, será una conjunción perfecta. Como ya te dije, tú libro sobre el Camino me parece una joya.

Un abrazo circular y laberíntico…

J.

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