Al hereje de todos los tiempos…


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Quiero desatar y quiero ser desatado. Quiero salvar y quiero ser salvado. Quiero ser engendrado. Quiero cantar; cantad todos. Quiero llorar: golpead vuestros pechos. Quiero adornar y quiero ser adornado. Soy lámpara para ti, que me ves. Soy puerta para ti, que llamas a ella. Tú ves lo que hago. No lo menciones. La palabra engañó a todos, pero yo no fui engañado”. (Himno a Jesucristo, de Prisciliano).

Por estas tierras gallegas nació y anduvo Prisciliano, el que fuera uno de los primeros herejes ajusticiado por la inquisición. El delito fue el de herejía, que por aquellos entonces se entendía como la adoración a la naturaleza anulando su esencia demoniaca, la pobreza voluntaria o ascetismo extremo, y por supuesto, el hecho de no comer carne ni beber alcohol, denunciando de paso la opulencia de la jerarquía eclesiástica y los excesos de la aristocracia del momento.

Esas posturas que para algunos podrían ser consideradas radicales solo pretendían estar en acorde con la propia esencia de lo que el Maestro Jesús quiso enseñar a sus discípulos. La sencillez, la necesidad de proteger el alma humana en un templo sencillo pero fuerte como una roca. La necesidad de amar incluso a los enemigos, que somos nosotros mismos proyectados en el otro.

Hubo en el tiempo, en todos los tiempos, personas que dieron su vida por proteger esa enseñanza e incluso por proteger los Caminos que se entregaban a la misma. El celibato y la pobreza voluntaria venían acompañadas de la aceptación de la mujer y los esclavos de aquella época a las lecturas y reuniones de la comunidad. Se le acusó de gnóstico y maniqueísmo. El baile formaba parte importante de la liturgia. En vez de pan y vino utilizaban leche y uvas para la consagración. Su forma de acercarse a Dios y a su Misterio era entregando su vida a la verdad sincera.

Sin duda estos herejes eran avanzados en su tiempo. La herejía, al igual que la poesía, el arte o la filosofía, han formado el alma de los pueblos, el espíritu de los tiempos y el avance humano. Cuando pensamos en progreso siempre miramos cuanto hacen los científicos, cuanto ganan los empresarios o qué inventos aportan los ingenieros. Pero nadie se acuerda de los poetas, de los artistas, de los herejes que se adelantan a su tiempo e inspiran todas esas cosas. ¿Cómo es posible crear nada si antes un poeta no lo ha soñado? ¿Y quién paga hoy día a los poetas, a los herejes? ¿Qué empresa o institución ficha en su plantilla a los filósofos y soñadores de nuestro tiempo? Más que eso, son perseguidos, quemados, humillados.

Seguramente Prisciliano inspiró una época. Nadie le preguntó cuanto valía su don, su pensamiento, su sentir. Nadie calibró su valía o su estatus. Nadie se interrogó sobre su carisma o su poder. Simplemente se dejó guiar por su don, por aquello que su alma le reclamaba como justo, y obró en consecuencia.

Esto último, obrar en consecuencia, obrar desde el alma, desde el sentir más profundo, es lo más complejo de todo. Pero también es lo más liberador, aunque al final del camino se pague hasta con la propia muerte, como fue el caso del hereje. Me hubiera gustado asistir a alguno de los bailes ceremoniales de Prisciliano. Quién sabe. A lo mejor lo hice, en otro tiempo, en otro letargo del alma, en otro suspiro cósmico nacido del misterio. No sabemos si somos almas migratorios o leves suspiros de tiempo. Sea lo que sea, nuestra condición humana siempre debería ser la de un artista o un hereje. Sólo porque eso mismo nos hace avanzar hacia la verdad, o en todo caso, hacia la justicia y la libertad.

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