Contemplando la quietud


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Tras la muerte de mi padre era necesario un tiempo de silencio. Este acontecimiento me ha permitido el poder pasar horas contemplando los atardeceres. Es algo que hacía tiempo que no podía realizar. Siempre nos faltan segundos en la manecilla del reloj para hacer de lo innecesario algo sublime. Pero desde hace unas semanas me detengo, contemplo los ciclos, me sumerjo en el silencio y en la soledad de cualquier instante sin hacer nada. Absolutamente nada, excepto contemplar el devenir, la existencia, la vida.

En alguna parte existe un cronómetro que corre en nuestra contra. Si nos lo pusieran justo en frente de nosotros sería algo desesperante. Sólo nos quedan tantos segundos de vida. Los segundos pasan y vemos como van desapareciendo ante nuestra desesperación. Pero siempre caminamos con ese sentido de eternidad. Como si realmente no fuera a pasar nada. Hasta que pasa, con aviso o sin aviso, con advertencia de que esto se acaba, o sin ella, de repente, de golpe. En ese sentido, las enfermedades pueden ser una bendición porque de alguna forma nos someten a esa presión que requiere el tomar consciencia y dignificar con urgencia la vida. En la salud nunca nos paramos a contemplar un atardecer y de paso dar las gracias por la vida. Somos tan egoístas en nuestros asuntos que nunca somos capaces de compartir un trozo de tiempo con algo o alguien que no nos vaya a repercutir en nuestros intereses inmediatos.

Lo trágico de todo esto es que nuestros intereses no les interesa a nadie. Ni siquiera a la naturaleza o a la existencia. Nadie nos escucha cuando tenemos mil facturas que pagar, ni una hipoteca a la que hacer frente, ni un trabajo que no nos satisface, ni esos problemas familiares o ese desamor prematuro. La vida no supervisa esos acontecimientos egoístas, solo se conmueve cuando salimos de nosotros mismos y somos capaces de abrazar con generosidad todo aquello que no nos pertenece.

Podemos acumular riquezas y cuanto queramos. Podemos seguir como hormiguitas preocupados por las mil cosas que nos distraen de lo esencialmente importante. Incluso podemos caer en el autoengaño de que hacemos cosas por los demás cuando en verdad estamos fabricando una especie de egolatría incontrolada en nombre de cualquier verdad. Nada de todo eso le interesa a la vida. Moriremos y con ello morirá nuestro orgullo, nuestras riquezas, nuestro egoísmo, nuestra vanidad.

Pero cuando damos silenciosamente un trozo de nosotros, de forma humilde y acallada. Cuando somos capaces de permitir que lo milagroso ocurra, dejando atrás nuestros prejuicios, nuestros patrones, nuestros hábitos. Cuando dejamos de apenarnos por nuestras desgracias y dejamos que la vida se manifieste de forma brillante en nosotros, inevitablemente ocurre algún milagro.

Aceptar nuestra finitud, arrodillarnos ante la inmensidad y de forma humilde acoger en nuestro seno todo cuanto ocurre es un acto necesario. Tarde o temprano tendremos que hacerlo. A veces gritando ante el lecho de muerte. Otras en vida, sentados inmóviles en una piedra del camino contemplando los ocasos y amaneceres de forma desprendida, dejando que la vida se lleve a lo que más queramos y dejando que el espíritu misterioso de todas las cosas se manifieste. No hay que luchar contra eso. Hay que abrazar el devenir con humildad, con desapego, con entereza.

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