Ese último adiós…


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A José León Santiago, in memorian… 

Cuando alguien muere nos sentimos como un otoño aunque sea primavera. Como esa hoja que cae quedando arrinconada entre el ramaje. Como ese suspiro que alberga la esperanza de integrarse con algo más espacioso. Mientras hoy enterrábamos las cenizas de mi padre sentía como si la flauta de la vida sonara en un reguero inútil. Como si el silbido de todo aquel genio atravesara la estepa doliente sin ser visto. El manso río, la lluvia sólida y los ángeles atribuyéndose la música insonora. Realmente en ese momento trágico solo había silencio y soledad. La soledad de los muertos, pero sobre todo, la soledad de los vivos.

Cuando fue incinerado el roce del viento invisible balanceaba las brasas. ¿Dónde estás? Preguntaba el perfume antes de partir. Algo cabalga en la ola, en el susurro, en el ardor. Sonroja la promesa. Espera. Aguanta. Tiembla y todo cruje mientras se reduce a polvo. ¿Qué prisa tiene ahora el tiempo? Sólo el recuerdo de su rostro alivia a los que lloran. Sólo el recuerdo soporta el vacío. Inerte, hostil, paupérrimo. Al final del proceso, todo se derrama en una urna que queda sellada tras la lápida, en la misma tumba, junto a sus padres que tanto llamaba antes de morir.

Soporté su peso y pensé en lo poco que queda cuando nos vamos. Algunos, pocos, se despiden en el último adiós. Para el resto sólo fuiste una anécdota, un vago compartir o quizás nada. ¿Quién está realmente ahora con nosotros? De entre los vivos, ¿quién daría un trozo de su tiempo por estar contigo sin más, en silencio, contemplando generoso cualquier paisaje en la vaporosa futilidad?

Estar muerto es una liberación en muchos sentidos. El problema es estar muerto en vida. Como un ser anónimo al que nadie le interesas excepto por esos pequeños actos egoístas que nos tienen unidos los unos a los otros en miserables condiciones. Eso si nos da pena. Levantarnos por la mañana y ver que realmente estamos solos, que nadie en su sano juicio tiene tiempo para mirarte a los ojos con esa ternura tan necesitada, con ese amor tan imposible. Nuestra mente siempre está pensando en esas cien mil cosas que debemos atender antes de poder generar un instante para el otro. Vamos a los entierros o a los nacimientos, tanto monta, y enseguida estamos mirando el reloj para atender a la siguiente cosa inútil. ¿Tan importantes son esas cosas que nos alejan del ser humano? ¿Tan imprescindibles son que nos entierran en vida?

Mi padre siempre estuvo cabreado con la vida y ahora me pregunto de qué le sirvió. Me interrogo en estos momentos porqué nos preocupamos, porqué nos enfadamos, porqué nos enrarecemos con la edad. ¿Qué necesidad tiene la discusión, la vanidad o el egoísmo? A pesar de todo aún encontramos momentos para ser ruines y desdichados a sabiendas incluso de que todo terminará tarde o temprano. ¿Acaso es eso lo que desea el poso de vida en nosotros?

A veces ocurre que en esos momentos de oscuridad extraña aparece alguien que a lo mejor has visto cuatro veces. Llega hermosa y sonriente, sin prisas, dotando la vida de un significado diferente, ejerciendo de representante y envidada especial de los planos angélicos. Su mirada le delata en ese grado de la evolución donde te conviertes en humano completo y solo deseas ayudar al prójimo. Sus silencios y la profundidad de su sentir evidencia su alta integridad y repercusión. Por eso, cuando apareció de repente en aquel cementerio de muertos vivientes sentí cierto alivio y agradecimiento. Sentí como la vida clama desde sus rincones anónimos ese guiño de continua esperanza. Pensé que la soledad tan sólo es una ilusión egoísta que puede ser calmada si somos merecedores de amor. Y eso solo ocurre de una forma posible: amando. Aunque sea en silencio.

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5 thoughts on “Ese último adiós…

  1. Cuántas cosas has dicho, cuántos sentimientos compartidos por cualquier ser humano que haya perdido a alguien querido.
    Qué bonito que compartas pensares sin ningún tipo de reserva porque eso nos hace saber o reconocer, con total naturalidad, que somos Uno.

    Gracias Javier y un abrazo, como siempre decís, sentido,sentido.

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  2. Gracias por expresarlo aquí, Javier,
    Leyendo esto de ‘Mi padre siempre estuvo cabreado con la vida..’ y enlazando con otra entrada tuya en la que dices que de niño eras muy retraido, casi autista..veo un hilo conductor.
    Supongo que sabrás que para el incosnciente el ser querido NUNCA HA MUERTO. Lo que te pasó (o te pasa) tiene una gran carga trangeneracional, un programa heredado. Pudo ser un suceso violento o muy peligroso, algo que deja un engrama mediante el cual el inconsciente se activa como conflicto de protección.
    Haz el duelo a tu padre, dale las gracias y bendícelo. Liberarás el inconsciente y así tu vida fluirá.

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