El generoso sacrificio


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Siempre son motivo de admiración las personas generosas. La historia está llena de ejemplos de aquellos que han renunciado incluso a la propia vida por llevar a cabo algún ideal, alguna proeza para el conjunto. Su reconocimiento les ha llevado hasta el mito, atribuyendo a sus hazañas esa heroicidad propia de los inmortales.

Pero vemos con insistencia y aplomo que en la vida cotidiana existen héroes cercanos, anónimos. Personas que entregan su vida a cosas pequeñas pero necesarias. Otras que con extrema generosidad renuncian a un sin fin de ventajas personales con tal de conceder una parte de su existencia a algún tipo de causa.

Estos días de cambios inevitables he tenido la suerte de ser testigo de una de esas generosidades que superan la razón. Una persona extremadamente generosa, abierta al cambio, a las posibilidades, a los riesgos y a las perdidas que se asumen con entereza y amor en el devenir de la existencia. Un ser generoso que con dulzura, compasión, silencio y fortaleza ha asumido ese trato directo con la vida.

La generosidad extrema siempre viene acompañada de algún tipo de renuncia, de sacrificio. Pero ese sacrificio, aunque a veces resulta del todo doloroso, siempre aguarda tras de sí algún tipo de recompensa, de premio, de compasión. La vida nos lo muestra constantemente. El flujo de todo lo que ocurre guarda tras de sí ese secreto. La semilla se sacrifica para que nazca el árbol que a su vez dará frutos. Los ancianos mueren para dar paso a las nuevas generaciones. Cuando los elementos se sacrifican ocurren fenómenos maravillosos como el fuego o la electricidad. Todo termina regenerándose y todo tiene que ver con ese secreto natural al que vagamente llamamos sacrificio. Algo muere para que algo renazca inevitablemente.

El sacrificio siempre tiene algo de liberador. Las almas desean seguir creciendo y para ello hacen que lo viejo muera, desaparezca, se transmute en otra cosa. Eso ocurre con las parejas, con aquellas que comprenden que su ciclo juntos terminó y es hora de seguir volando. O con los padres cuando dejan marchar a sus hijos o con los hijos cuando se reconcilian con el mundo que les ha tocado vivir, sacrificando su rebeldía innata y exponiéndola a la madurez de los días.

Algo ocurre cuando la alondra emprende el vuelo y deja atrás todo ese paisaje de vida en común. Algo generoso y bello, algo que supera el entendimiento de comprender que lo que perdura es aquello que cambia, que se transforma, que crece ante los infinitos modos de oscilantes flujos. ¿Para qué atarnos entonces a la misma realidad, al mismo escenario, al mismo arranque de normalidad? El vasto universo, las infinitas experiencias nos esperan. No pedirán nada excepto ese grado de sacrificio necesario. Pero un sacrificio sensato, cargado de sorpresas por sabernos libres y volátiles, por ser partícipes de su misterio.

El mundo nos espera. La generosidad extrema nos espera. La vida nos espera. Solo tenemos que abrazar sus secretos y dejar lo ordinario para empujar nuestros caminos hacia la vida extraordinaria del cambio. Eso es lo único que permanece. Eso es lo único que nos reconcilia con la vida.

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