Caravana, dulce caravana


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Sigo pensando que dentro de mí hay algo que se siente egoísta. Me refiero al privilegio de tener tanto mientras otros tienen tan poco. Vivir en una caravana es todo un privilegio. Lo sabemos apreciar especialmente cuando volvemos de la gran ciudad y dejamos allí todas sus “comodidades”. El privilegio es complejo de entender. Aquí no tenemos agua corriente, ni habitaciones, ni lavabos, ni uno ni dos (siempre quejándonos cuando los pisos tenían tan sólo un lavabo). No hay luz eléctrica ni televisión ni calefacción central ni armarios amplios ni camas con buenos somieres ni electrodomésticos ninguno. Es cierto que no disponemos de todo eso. Pero cuando entras en la caravana cuyo espacio puede llegar a ser la mitad de una pequeña habitación de cualquier apartamento medio de ciudad, descubres la grandeza del lugar.

Aquí no hay ruidos de coches. Estos días hemos observado algo de lo que antes nunca nos habíamos dado cuenta: en las ciudades hay un griterío constante, un ruido ensordecedor de motores, de combustión, de contaminación incesante. Hemos vivido toda la vida en la ciudad y no nos habíamos dado cuenta. De alguna forma estábamos inmunizados a ese machacante murmullo incesante. Pero esta vez ha sido algo insoportable. Nos preguntábamos una y otra vez: ¿pero es que nadie se da cuenta?

Aquí en el bosque el único ruido es el de los pajarillos, el de las copas de los árboles cuando se rozan unas a otras por la acción del viento. Los grillos, el balbuceo de algún animalillo que no reconocemos, el bramido de algún tímido bovino.

Las vistas también son importantes. Cuando te asomas a la ventana de cualquier apartamento de la gran ciudad solo ves bloques y más bloques de pisos. Asfalto por todas partes, grises torres que intentan alcanzar un cielo que no se ve. Y siempre esa nube gris que todo lo cubre y asfixia.

Desde la caravana vemos los valles y las montañas, los bosques con sus árboles corpulentos vestidos de roble o castaño, las ramas nacientes de la retama florida de amarillo o esos impresionantes atardeceres decorados con zarzamoras y yedras, madreselvas y helechos que florecen por todas partes. A veces cuesta creer que todo este decorado florido y verdoso sea realmente cierto.

Me siento egoísta cuando al volver de la ciudad me doy cuenta que la vida es compleja, y que no está en todas partes. Es difícil que se manifieste en las prisas del metro, en las colas del autobús, en los envites de los transeúntes que asfixiados por el tiempo llegan siempre tarde a todas partes. Resulta difícil descubrir vida en el ajetreo de la comida rápida, la llamada rápida, el contacto rápido. Todo ha sido sustituido por las telepantallas que permiten adecuar el contacto a lo mínimo, sin profundizar más que en lo banal del día a día. El saludo pausado, el diálogo tranquilo o la calma han desaparecido.

En las caravanas no hay más remedio que conversar con la familia holandesa que estará unos días o con cualquier que las habite, con los vecinos de las aldeas que nos ayudan con mil cosas, con los animales que hay que atender, con las plantas y especialmente la huerta que nos da ya sus primeros frutos. Aquí el diálogo es continuo y directo, sin intermediarios, sin telepantallas que desvíen nuestra mirada, nuestra alma, hacia un sinsentido incauto. Es un diálogo exterior pero también profundamente interior. Aprendemos a escuchar y a escucharnos.

Aquí no hay más remedio que ser humanos y comportarnos como humanos. No digo que esto sea mejor o peor que lo que ocurre en la ciudad. Sólo digo que me siento egoísta por disfrutar de estas maravillas sin poder llevar hasta allí este trozo de cielo. Es cierto que la caravana es pequeña y carece de casi todo. Pero aquí está nuestro reino, nuestro tesoro de libertad, nuestro trozo de vida magnificado por la fortuna de sentirnos constantemente vivos y despiertos.

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One thought on “Caravana, dulce caravana

  1. La caravana no es sólo lo que hay dentro… sino la inmensidad de lo que existe al alcance de un simple paso al exterior. Una única puerta que atravesar, para entender la grandiosidad del mundo, sin muros, sin sombras, sólo el vacío hacia el horizonte, sólo el vértigo hacia el zénit, los 4 elementos, sin espejos, a nuestra disposición, para todo aquello que necesitemos. Una caravana no tiene lo mismo que un piso o una casa… pero ninguna de ellas puede moverse libremente.

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