El centro nostálgico


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Es hermoso sentir nostalgia por aquellas cosas que nos llenan de vida. ¿Se puede sentir nostalgia por algo que está ocurriendo ahora, en este instante? Cuando contemplamos la vida desde cierto centro, desde cierta quietud, podemos transcurrir en los hechos como si ya no estuvieran, como si fueran parte de un tiempo inmemorial, sin medida, dentro de un ciclo donde todo ocurre en ese momento de paz.

Siendo así, sabemos que todo lo que ahora ocurre tuvo un principio y tendrá un final. De alguna forma, hay situaciones capaces de hacernos percibir cualquier hecho en sus tres dimensiones temporales. Pasado, presente y futuro se fusionan para convertirse en un flujo de cosas impermanentes que transcurren entrelazadas a cientos de posibilidades.

De ahí que sea fácil sentir nostalgia por seres a los que abrazas o por momentos que vienen y van y nos llevan a otros momentos y nos mecen hacia otra infinita posibilidad. Realmente nada se puede atrapar. Ni siquiera el deseo, el instante de amor, de plenitud. Todo desaparece rápidamente, incluso esa emoción primaveral que nos arrastran hacia cumbres a las que nunca más volveremos.

Si profundizamos en ese centro nostálgico podemos llegar a la conclusión de que ya no estamos aquí. De que hemos muerto en otro momento y de que la vida fútil no puede quedar embalsamada en ningún molde. Hay cierta melancolía en todo cuanto ocurre. El devenir de una sonrisa, el paseo por una tristeza, la alegría de reencontrarnos con algo grato, la sorpresa por algo inesperado y bonito. Todo está ahí y todo desaparece. Sólo permanece el continuo cambio, la improvisada ocasión.

Pero nosotros nos empeñamos en hacer las cosas inmortales. Un trabajo para toda la vida, una pareja para siempre, una casa imperecedera… Nos empeñamos en crear cosas inmóviles, yendo siempre contra la propia naturaleza, matando la magia de la vida. Cambiar no forma parte de nuestras estructuras porque eso significa miedo, incertidumbre, dolor. No nos damos cuenta de que a cada cambio crecemos de alguna manera, nos humanizamos, nos volvemos vulnerables ante la eternidad. De paso caemos en esa cuenta, en esa realidad de que somos frágiles ante la vida, delicados y sensibles suspiros que pronto desaparecerán. De que nada, absolutamente nada nos pertenece.

Es normal sentir nostalgia por todo. Una nostalgia equilibrada en el balancear del devenir, en la posibilidad de la incertidumbre, en el cosquilleo por no saber si mañana será o no diferente. Una nostalgia por sentirnos vivos en un mundo permutable, en una transición constante, en un flotar inaudible, silencioso, poético. Cambiemos. Sintamos nostalgia.

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