Amada ignorancia, querida cobardía


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La ignorancia nos hace vivir una vida plácida. No pensar en los niños que mueren en África, en el sufrimiento de los millones de pollitos sacrificados para nuestro deleite en los restaurantes de comida rápida o en la propia muerte inminente de nuestros caducos organismos nos hace vivir una vida tranquila. No nos importa votar a los que nos roban o trabajar media vida para pagar una hipoteca. De hecho lo deseamos, lo anhelamos, porque alguien nos dijo que eso era bueno. Abusamos de nuestros cuerpos y enfermamos como consecuencia pero casi no nos molesta. Cuando retomamos la salud nada cambiamos. Seguimos comiendo grasas saturadas, bebiendo o fumando sin desear una mejor salud. Ignoramos las causas y luego lloramos sus efectos.

No queremos saber. No deseamos experimentar un tipo de vida diferente. Nos aferramos para ello a dos estimulantes posiciones: el miedo y la seguridad. También, y de forma continua, caemos en las trampas del placer inmediato, insaciable y murmurador. Lanza de Vasto decía que estamos condenados al único masivo e inmemorial pecado que es la raíz de todos los demás: el apego a la ignorancia. Ese apego nos inmoviliza, nos esclaviza, nos llena de calma. Nadie nos advierte de todo esto porque vivimos hechizados a nuestros cuatro estímulos. Algo maliciosamente programado para no despertar de repente a una verdad incómoda.

Es prácticamente imposible que la consciencia humana sufra una revolución optimista y radical, un cambio profundo. Los propios mecanismos de transmisión de cultura y costumbre anulan cualquier posibilidad. El apego, la comodidad, el orgullo, la vanidad, la arrogancia, la posibilidad de poder, el estatus… Todo está bien orquestado para que no podamos huir de nuestras propias cárceles conceptuales.

Ciertamente estamos atrapados. No disponemos de un libre albedrío, de una libertad inmediata y verdadera. Si tienes pareja no puedes enamorarte del vecino, aunque el amor por tu prójimo haga aguas desde décadas. Si tienes hijos te autoimpones la necesidad de trabajar catorce horas para ofrecerles el mejor dentista y el mejor colegio. Los hijos y la pareja son ciertamente excusas perfectas para inmovilizar nuestros anhelos. Como si ambos fueran incompatibles con nuestras propias necesidades interiores. Algunas parejas se convierten en auténticos saboteadores de nuestras más profundas aspiraciones. Nuestros anhelos se subyugan a la responsabilidad de sostener todo cuanto hemos conseguido en la fase madura. La edad nos hace creer que ya somos inútiles, que no servimos para nada y que nuestro tiempo se ha terminado. Pura ignorancia de nuestras posibilidades.

Y así vivimos, amando nuestra ignorancia, amando nuestra propia cárcel, amando nuestro propio miedo. ¿Para qué cambiar? ¿Para qué llenar la vida de incertidumbres? Mejor quedarnos como estamos. Ignorantes, felices, cobardes.

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One thought on “Amada ignorancia, querida cobardía

  1. Así es cariño, así es…espero no encarcelar nunca tus anhelos y tu propósito.
    Que seas libre como a mi me gusta serlo y que siempre hagas lo que sientes igual que yo siempre lo hago gracias a tu disposición libre y bondadosa. Tq

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