Los peligros de la toxicidad


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Esta semana ha sido totalmente agotadora. No por un exceso de trabajo ni nada parecido. Más bien por un exceso de toxicidad. El noventa por ciento de la gente que viene por aquí suelen ser personas sanas, respetuosas, que intentan ayudar en todo lo que pueden levantando constantemente la moral. Pero a veces vienen personas que se empeñan en sacar, fotocopiar, ampliar y esparcir a los cuatro vientos la paja ajena. Es como si llevaran en el forro un radar para detectar defectos, errores o cualquier otra cosa que debería ser cambiada de forma inmediata para adecuar todo un proyecto a las premisas, ideas o creencias que ella misma considera correctas. Y todos, algo angustiados por no saber qué decir o como parar esa sangría constante de crítica nos preguntábamos sobre la necesidad de tener que aguantar ese tipo de cosas. Por suerte hemos encontrado, a pesar de lo agotador de estas situaciones, una herramienta que parece funcionar. La compasión infinita. Trata de seguir trabajando en silencio, sin mayor cambio en nuestra actitud, de escuchar respetuosamente sin añadir una coma a nada de lo que se dice y de explicar con calma y santa paciencia cualquier cosa que se nos pregunte, aunque sepamos que la pregunta a modo de examen venga con trampa añadida. Además pone a prueba nuestro punto de quietud y los principios que sostienen todo el proyecto.

Es como si fuera a la casa de un amigo y quisiera cambiar el color de las paredes, los muebles y el tapizado del baño tan solo porque yo, que voy a pasar un par de horas en su casa, no me gustara lo que veo. Aunque parezca mentira, mucha gente viene con esa idea hasta aquí. Le ofrecemos todo lo que tenemos, no le pedimos nada a cambio a nadie y encima se vuelven exigentes, arrogantes y orgullosos. Como digo, no es una cosa que ocurra con frecuencia, pero cuando ocurre uno necesita desahogarse de alguna forma para darse cuenta de que el ser humano es complejo y de que el aprendizaje constante sobre su naturaleza nunca deja de sorprenderte.

Es como cuando de repente sales de este bosque y te encuentras a medio país volcado en un partido de futbol, hipnotizados por una copa y un balón, celebrando a lo loco algún tipo de victoria que sirva para calmar sus propias miserias humanas por unos días sin bucear ni por un segundo en la desgracia de la propia existencia. Pan y circo. Realmente las cosas no han cambiado mucho en estos dos mil años.

Es tan peligrosa la toxicidad que de alguna forma te contamina. Me hubiera gustado poder hablar de los hermosos atardeceres que tenemos aquí en los bosques o de las personas bonitas que vienen constantemente para estar con nosotros. Pero prefiero seguir intoxicando el ambiente con esta mala experiencia. Una situación o persona tóxica es capaz de contagiarte y de paso contagiar al resto. Es como el fútbol, capaz de contagiar a miles y miles de personas que siguen atónitos las piruetas de una esfera circular, los clamorosos y millonarios fichajes mientras no tienen un trozo de pan que dar a sus hijos. No importa. Quien sabe si algún día uno de nuestros hijos consigue ser un gran futbolista. O a unas malas, quizás nos toque la quiniela. O en el peor de los casos, mal de muchos, consuelo de tontos. De alguna forma nuestro sistema de valores funciona por contagio. Normalmente un contagio basado en una mentira, en una ilusión o en una vaga esperanza.

Aquí en el bosque nos contagiamos de belleza, de paz, de pureza y armonía. Al menos hasta que de vez en cuando aparece alguien de la ciudad y pretende imponer sus criterios de bienestar a nuestra aparente vida austera. Lo siento, pero nos gusta vivir así, sin luz, sin agua, sin electricidad, sin lavabos, sin duchas ni bañeras. Nos gusta nuestras caravanas y no aspiramos a nada más que no sea seguir disfrutando de sus maravillosas vistas al horizonte, a la profundidad del bosque, a los impresionantes atardeceres. Por suerte no nos dejamos intoxicar mucho. Solo un poco, hasta que nos damos un largo paseo como el de esta tarde y el mal trago pasa. El próximo día me esforzaré en hablar de cosas más positivas. Hoy necesitaba advertir al prójimo sobre los peligros de la toxicidad psíquica, emocional y material de todo lo que nos rodea. Y de paso, desahogarme con permiso.

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6 thoughts on “Los peligros de la toxicidad

  1. Gracias por compartir vuestra experiencia. Mi visión es que vuestro lugar es sagrado por lo que contiene, que en el presente es justo y perfecto; por la pureza, la belleza y la armonía de todo lo que allí habita bajo la bóveda celeste que amablemente observa y ampara a todos, incluso a aquellos; por las personas de buena voluntad que pasan por allí y por los que admiramos vuestra presencia en este mundo y en ese lugar en particular, desde la distancia de un latido de corazón. Con amor, Jess.

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  2. Vaya desahogo… Haces bien. La vida también es esto. Todo es una prueba y cuanto más espléndido es el paisaje y más te llena el alma, mayor va a ser la prueba que viene a continuación. El ejemplo de la visita a una casa ajena y las críticas es el más adecuado. La tentación de responder a esa agresión es grande. En el silencio y en la compasión se renuevan el amor y la paz. Todos (o eso creo yo) sabemos las condiciones de la estancia en O Couso porque ya lo advertís en diferentes foros. Todos (o eso creo yo) aceptamos esas condiciones y, una vez, conocidas y experimentadas, incluso algunos hemos vuelto. Todos (o eso creo yo) podemos aportar ideas, sugerencias, opiniones, con el propósito de ayudar, siempre con el espíritu de cooperación que perfuma el ambiente, y dentro de la armonía y el respeto a esos locos que nos acogen y abren las puertas de su casa para que comprobemos que otro mundo es posible. No penséis que esos cimientos se puedan tambalear. Están firmemente asentados. OTRO MUNDO ES POSIBLE.

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  3. Yo lo siento como una prueba y como una enseñanza. Cada persona vive su proceso y en ese vuestro proyecto os reunís personas, por lo general, que estáis en sintonía, que vibráis de manera semejante. De vez en cuando, no es raro que aparezcan otras personas que, aunque atraídas por lo que estáis creando, no están preparadas todavía para sentir eso que vosotros y vosotras sentís. En la vida cotidiana, en la ciudad o incluso en nuestra casa, que intentamos llenarla de amor, también aparecen personas que no entienden por qué nos salimos del surco trazado y nos hacen tambalear un poquito. Menos mal, que nos recomponemos un poco más tarde. Besos y buen día.

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  4. Nunca he sido partidario de escribir en ningún sitio, pero en este caso, no me queda mas remedio que hacerlo, para darle primero toda la razón en lo que ha escrito, y en segundo lugar todo mi apoyo. Hay un refrán que dice “Donde fueres, haz lo que vieres”, y después de que nos explican las condiciones en las que vamos, aceptarlas o no es cosa nuestra. Pero además, la estancia en ese lugar tan idílico no nos compromete a nada, así pues, antes de criticar podemos volvernos a nuestro lugar de origen, sin peligro a perder el dinero que hemos pagado por manutención y alojamiento. Como bien dice Javier, no se puede ir a casa de los demás a criticar como viven, porque es su opción y es totalmente respetabilísima.

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  5. Gracias queridos… Todo pasó y ya reina la paz normalizada… A veces es bueno compartir no tan sólo lo bueno. Es una forma de llevar un peso de forma más holgada… Un abrazo a todos y gracias por vuestro apoyo incondicional…

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