Invitación a observar


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Participamos en un mundo que desconocemos. A veces limitamos nuestras vidas a cierto coraje para sobrevivir en los planos más toscos. No dedicamos mucho tiempo a entender donde vivimos y porqué. Preferimos tener una vida glamurosa y entretenida. De hecho, la industria del entretenimiento es una de las mayores del mundo. Preferimos estar distraídos porque eso sirve como escudo psicológico ante la adversidad cósmica, ante la vital pesadumbre de un final inevitable.

Sin embargo, la vida nos invita a ser observantes. Nos dio capacidad de raciocinio, nos dotó de inteligencia y más allá de la misma, creó en nosotros la mágica esfera de la abstracción. Con ella conseguimos la consciencia. En sus ramales, aprendimos a mirar a las estrellas, al cosmos y a nosotros mismos desde otra perspectiva más profunda, más ancha, más infinita.

Cuando paseamos por un bosque y escuchamos sus sonidos nos damos cuenta de que toda la creación se mece en un misterio insondable, profundo, secreto. Si observamos con atención todo lo que puede desarrollarse en un solo segundo de existencia nos damos cuenta de la enorme cantidad de acontecimientos que simultáneamente se desarrollan en un instante. Lo bonito de esa observación es darnos cuenta de que nosotros somos partícipes de ese momento. Estamos profundamente arraigados a todos los acontecimientos de esa minuta de existencia.

Mas allá de eso, ¿qué más podemos hacer para sentirnos no sólo integrados con el propósito vital de la vida, sino, además, sentirnos útiles al propósito vital de nuestra existencia, protagonistas de esta oportunidad única? ¿Acaso hemos venido tan solo a estar entretenidos, a mirar de reojo o a ciegas todo cuanto ocurre?

Algo nos dice que no. Algo profundo nos señala como las colmenas del conocimiento se llenan de miel dulce, de melaza y almíbar que pretenden saciar el apetito por comprender algo más nuestra sutil devenir. El amor y la voluntad nos empujan hacia una extensión mayor de presencia.

Quizás esta cuestión tan sólo sea una adormidera más, una protección psicológica para participar de la creencia común de que no estamos profundamente solos en el universo y de que toda la creación entera, incluida la vida en nuestro planeta, no es fruto de un fortuito hecho casual. Sería angustioso pensar que todo se puede limitar a esa soledad cósmica. ¿Acaso la vida, la propia existencia, puede condensarse en un acto aleatorio y caprichoso?

Si observamos todo cuanto nos rodea y dejamos de entretener nuestras vidas como si nada estuviera ocurriendo, como si fuéramos eternos y la vida nunca acabara. Si participamos de este orbe explosivo de vida y color. Si conseguimos explorar ávidamente todo aquello que parte de un sentido manifiesto, quizás empecemos a descubrir una nueva forma de entender el universo, una nueva forma de encauzar nuestros interrogantes y cuestiones. Si conseguimos participar de la consciencia humana, global, inmanente, quizás podamos hallar algún tipo de atisbo de verdad sobre todo cuanto ocurre ahora, en este instante, frente a nosotros.

Puedo ver a mi alrededor el cielo estrellado y deseo ardientemente ser partícipe de su halo de complejidad. Me siento bellamente afortunado por tan privilegiada atalaya. Me siento profundamente agradecido por esta oportunidad única. Sigamos observantes. Algo bueno habrá por descubrir.

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