La práctica del desapego


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La práctica del desapego es un buen ejercicio interior. Hay algo de nosotros que siempre nos pide crecer. Un buen trabajo, un mejor trabajo. Una buena casa, una casa más grande. Un bonito coche, un coche más potente. Lo llevamos dentro y casi resulta natural en el ser humano. Weber lo llamaba la desmesurada avaricia humana. Defendía que el capitalismo, de alguna forma, había podido regular esa avaricia, y por lo tanto, en el fondo, el capitalismo había sido algo bueno para poner orden en el descontrol natural del individuo y sus sociedades.

Desde hace unas semanas dejamos nuestra pequeña caravana para instalarnos en una caravana aún más pequeña. Una furgoneta diseñada para la vida nómada, esas que se hicieron tan populares en los años sesenta en el movimiento contracultural y hippie. Los asientos delanteros se han convertido en nuestro provisional armario y los traseros en la cama, algo más estrecha que la anterior, pero suficiente para albergar dos cuerpos, la cajita de la gata y el perro Geo, que duerme en el poco suelo que queda. Cuatro libros, dos cepillos de dientes y los desodorantes conforman la decoración de este nuevo hogar.

Ahora veo que la caravana donde hemos pasado el duro invierno era todo un lujo de lugar. Lo bueno de poder experimentar cosas complejas y difíciles es que aprendes a valorar lo que se tiene. Los que han dormido alguna vez en el suelo o en condiciones difíciles saben que cuando tienen una cama eso se convierte en algo impresionante.

Llevamos casi un año viviendo en las caravanas, aquí en el bosque, rodeados de prados, de belleza, de montes, de ríos que renacen en la primavera y cumplen su función natural. Levantarte con el trinar de los pájaros y con los primeros rayos del sol que inundan temprano este lugar forma parte del paisaje común. Sabemos que no todo el mundo estaría dispuesto a vivir así. De hecho, la humanidad, dicen, ha avanzado cuando el ser humano se acomodó en torno a las fábricas, surgiendo de ese movimiento del campo hacia la industria todo el conglomerado que llamamos ciudad. Dicen que eso fue un avance que contrajo innumerables ventajas para todos. Sin embargo, ahora que vivo lejos de la ciudad, me resultaría muy difícil, una vez experimentado este tipo de vida salvaje, el volver a la misma.

Vivir en la ciudad supone hipotecar al menos los próximos cuarenta años de tu vida para conseguir un apartamento no mucho más grande que esta caravana. Aquí al menos, el sentido de propiedad se difumina. Puedo salir de la caravana y pasear libremente por el bosque que nos rodea y que pertenece a todos. No tenemos que dedicar el resto de nuestras vidas a pagar una cuota, ni siquiera a pensar en el recibo de la luz o del agua, ya que la naturaleza es generosa y lo ofrece todo de forma gratuita. Me pregunto qué pasó con la tierra, porque alguien pensó que podía venderse o comprarse. Al menos en los próximos cien años, este lugar no podrá ser comercializado, ni vendido ni comprado, porque pertenece a todos.  DSC_0523

Esta vida no es mejor ni peor que la que podamos vivir en la ciudad. Es simplemente algo más libre, más ligera y más humana. Me refiero a que aquí nos saludamos todos por la mañana, compartimos algún ritual comunitario, desayunamos juntos, comemos juntos, trabajamos juntos y luego dedicamos las tardes a nuestra vida personal, ya sea interiormente o exteriormente. Hemos creado un pequeño campo de experimentación donde se está volviendo a valores de humildad y sencillez, de cooperación y respeto. Estamos de alguna forma vulnerando las leyes del crecimiento, del capital y de las finanzas. Necesitamos poco y de lo poco que necesitamos, necesitamos poco. Nos vale saber que estamos bien, que estamos logrando ser integrales con el entorno, con la vida, con la naturaleza. No existe la queja, solo el ánimo de levantarnos mañana para volver a abrazar a nuestro prójimo. Ese es nuestro sentido de vida. Esa es la hermosa experiencia de vivir en una pequeña caravana. A la vez que decrecemos materialmente, que abandonamos las cosas inútiles de la sociedad, algo crece dentro de nosotros.

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