Los disfraces del mal


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Y fue hecha una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón; y lidiaba el dragón y sus ángeles”. (Apocalipsis, 12-7)

Cuando bajaba desde las Tierras Altas atravesando el Canal de la Mancha pensé en desviarme unos kilómetros para visitar la impresionante abadía que se eleva sobre el Mont-Saint-Michel, en la región francesa de Normandía. Estaba acostumbrado a ver tan hermoso lugar por reportajes y fotografías y lo cierto es que el estar allí no decepciona.

Durante las semanas previas andaba pensando sobre el mal y sus disfraces. De cómo había algo que de alguna forma se había apoderado del ser humano y su naturaleza. Algo ajeno a él mismo, algo extraño, que no conecta con sus atributos, pervirtiendo, incluso hasta su propia autodestrucción, todo el sentido natural de la vida. Me fijé por las fechas en el símbolo de San Jorge y su gran lanza venciendo al dragón. Cuando llegué a la abadía francesa me encontré de nuevo con el mismo símbolo universal, esta vez representado por el arcángel San Miguel, el jefe de todas las potestades angélicas, según la tradición.

El apocalipsis nos da claras pistas sobre lo que ocurrió en centurias pasadas: “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él”. En la iconografía clásica ese dragón parece que en parte es vencido por San Miguel, pero la victoria no se teje en la tierra, donde el dragón es lanzado, sino en los cielos. “Pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo”, nos recuerda el texto bíblico. Esto nos hace pensar que el mal hizo de este hermoso planeta sus vastos dominios.

Desde un punto de vista más contemporáneo y menos simbólico andaba analizando esa batalla. Cómo el materialismo, el egoísmo, la ignorancia y la avaricia se han apoderado incluso de aquellos lugares que alguna vez fueron santos o pretendieron guiar a la humanidad hacia un lugar de luz y remanso, hacia ese cielo que clama por atraer hacia sí almas peregrinas.

Regresaba, tras dos meses de larga incursión, algo enfadado y decepcionado por ver como el “mal” se había apoderado de un sueño que pretendía convertirse en una ciudad de la luz. Venía triste por ver como ese “mal” usa cualquier excusa para disfrazarse, a veces de forma inverosímil, incluso amorosa y amable, para perpetuar sus dominios. Me preguntaba de qué forma, nosotros, humanos ingenuos e ignorantes, podríamos protegernos de esos dominios, de esos disfraces, de esa terrible batalla invisible que está terminando con nuestro planeta y con nuestra propia subsistencia en el mismo. Pensaba como de alguna forma el ser humano se está convirtiendo en una plaga, en un cáncer para el planeta, y que pocos son los anticuerpos que como San Miguel, intentan vencer al dragón, a la serpiente antigua.

Venía extraño viendo las noticias atroces y cómo el egoísmo y la sinrazón se apodera de todo. Nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones diarias son fruto y alimento de ese mal, de esa terrible cosa que no somos capaces de ver porque sus disfraces son invisibles y poderosos. No nos damos cuenta, pero el mal está en todas partes. Vivimos persuadidos por sus amables potestades. No somos aún conscientes de que el ser humano ya forma parte de ese mal. No nos damos cuenta, pero estamos convirtiendo nuestras vidas en un afanoso dragón. No somos héroes que podamos enfrentarnos a la bestia. Sólo pobres cobardes que bailan al son de la necesidad y el egoísmo. Sólo meras marionetas de algo que aún no hemos entendido.

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