¿Debemos seguir alimentando al monstruo?


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Nadie hay tan osado que lo despierte… De su grandeza tienen temor los fuertes… No hay sobre la Tierra quien se le parezca, animal hecho exento de temor. Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios“. (Job 41).

Job, y también más tarde Hobbes, se refieren a Leviatán, ese “homo homini lupus est”. Los marxistas eran unos rojos diablos que echaban fuego por la boca y olían a azufre y que pretendieron acabar con esa bestia. El capitalista burgués pensó que la única forma de vencerle era hacer un pacto, el cual serviría, a cambio de grados de libertad consensuada, terminar con los diablos rojos. Con el beneplácito de Rousseau lo llamaron contrato social y más tarde pacto keynesiano, donde paradójicamente se conjugaban ideas marxistas con ideas capitalistas con un marcado porcentaje de probabilidades de que los segundos vencieran a los de la Liga de los Justos. Con ello llegó la paz social y el Estado del Bienestar. Tal y como defendía Weber, el capital en sí mismo no era ni bueno ni malo. Era la codicia humana, el ánimo de lucro y el instinto ambicioso lo que había que regular. Weber afirmaba que una de las bonanzas del capitalismo era precisamente el haber conseguido racionalizar esa codicia. Por propio instinto, y a lo largo de toda la historia, el ser humano había demostrado ser un ser egoísta y arrogante cuyo apetito y voracidad insaciable no encuentra réplica en la naturaleza.

En 1765 el Parlamento Británico aprobó la llamada Ley del Timbre (The Stamp Act), un nuevo impuesto que pretendía grabar a los colonos americanos pagando algunos chelines por todo el papel oficial impreso. La excusa de estos impuestos era para poder sostener parte del costoso ejército inglés en las colonias. Esta fue una de las gotas que colmó el vaso entre los colonos y que más tarde derivaría en la conocida revolución por la independencia.

Esa revolución que pretendía un grado mayor de libertad de alguna forma se vio truncada. La voracidad humana siguió creciendo hasta que las pequeñas colonias se convirtieron con su llegada al Oeste en un gran Estado. En 1848, Thoreau escribió un librito titulado “Sobre el Deber de la desobediencia civil” donde de alguna forma condenaba los abusos del nuevo Estado americano sobre los individuos. Está en contra, por pura objeción hacia el deber moral de no participar en la guerra contra México y la esclavitud, de dotar de más herramientas a lo que el pensaba como un enemigo declarado del ser humano. Se negaba, con el impago de sus impuestos, a seguir alimentando a la bestia, marchándose a vivir a los bosques, lugar donde escribió su conocido “Walden”. Su obra influenció a personas como Gandhi y Martin Luther King.

El precio del pacto keynesiano fue pagado por todos los ciudadanos del bienestar a base de una importante subida de los impuestos que gravan todas nuestras actividades, absolutamente todas. Nada que ver con la Ley del Timbre donde dicho impuesto podía suponer un incremento del 0,8% en el papel legal. Ahora la “corona británica” de nuestro tiempo es ese Estado usurpador y tramposo que es capaz de salvar bancos y banqueros, autopistas concertadas y pagar la deuda soberana con un 33% de nuestros impuestos a costa de todo su enjambre sumiso y manso. El discurso amable, casi ingenuo, es ese que nos dice que con nuestros impuestos se hacen escuelas y hospitales. Pero esto forma parte de ese pacto con el diablo. Una escuela estatal donde adoctrinar a la cobaya-humana y un hospital para desintoxicarle y curarle de los propios abusos del bienestar. Lo tremendo de todo sigue siendo que el diablo no era el ingenuo avance del marxismo, a pesar de que fueran rojos y olieran a azufre. Sino ese monstruo creado por la suma tolerante de todas nuestras vanidades, egoísmos, ambiciones y codicias que se condensaron en ese racional estado.

Siendo esto así, ¿debemos seguir alimentando a la bestia, al monstruo que nosotros mismos hemos creado? O acaso, si fuéramos justos y coherentes con nuestra más sublime condición humana abandonaríamos todo lo que hasta ahora hemos conseguido para buscar y construir nuestro propio Walden, nuestra propia vida en los bosques, donde quizás no tendríamos escuelas ni hospitales, pero sí la libertad total para decidir sobre nuestro futuro y nuestra vida. La búsqueda de sentido en este reino de la oscuridad sigue su curso. No se detiene. Sobrevive en los bosques.

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