700 + 28 + 1


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Un canto menudo para los 700 muertos en la tragedia del Mediterráneo, para los 28 cristianos asesinados por el Estado Islámico y para mí, cómplice humano de todas esas muertes.

Sentí que sería bueno darme un respiro y disfrutar del bonito fin de semana alegrándome las tardes con un poco de chocolate. No pensaba administrar la tableta, ni dejar algo para el resto de la semana donde paso prácticamente todo el día encerrado en la tesis. La licencia era esa: seguir trabajando pero acompañado con el sibilino placer del cacao deshaciéndose en mi boca.

Llegado el domingo por la tarde ya no me quedaba nada. Lo disfruté mientras miraba afortunado por mi ventana con estos majestuosos paisajes, con esta belleza indescriptible. Pero sobre todo, con esa paz y armonía de vivir en un país que no está en guerra, que tiene un buen nivel de vida, que ha organizado una estructura de protección social lo suficientemente avanzada para que sus gentes puedan pasear tranquilos por la bahía suspirando por la vida y sus misterios.

Simbólicamente me miré el ombligo y me sentí afortunado. Tengo comida, estoy abrigado en una buena casa con grata compañía, hay gente a la que tengo oportunidad de amar y ser amado. Desde esta perspectiva el mundo es bello, explosivamente extraordinario.

Pero mi mirada no se podía quedar en la miopía del placer temporal de un trozo de chocolate o de una vida rica y sencillamente amable. Cuando sube desde el ombligo hasta el corazón hay algo que se conmueve. Algo que de repente me hace sentir incómodo, triste. Empiezo a mirar la tableta de forma diferente. Miro esta casa y hay algo que me rechina interiormente. No es un malestar existencial. Es algo más profundo que todo eso. Admito que interiormente no me permito estar tranquilo cuando veo a un hermano que llora, cuando siento que unos miles de kilómetros más abajo seres anónimos pero tan cercanos a mí mueren ahogados, torturados o asesinados por la injusticia y la cerrazón humana.

Hoy me llamaba desde Madrid un amigo preocupado por la situación africana. Los muertos en esas pateras, los asesinados por los intolerantes del Estado Islámico, el caos que desde occidente provocamos con las guerras de Irak y todas las consecuencias posteriores (sí nosotros, los occidentales). Realmente, de alguna forma, me sentía totalmente responsable por todo lo que allí ocurre, y me preguntaba cuanto tiempo más iba a estar aquí sentado, disfrutando de los placeres sibilinos, absurdos y superficiales mientras allí abajo ocurren esas cosas terribles.

Es hermoso inspirar al mundo con bonitas ideas sobre la utopía, sobre lo bien que todo iría si hiciéramos esto o lo otro. La inspiración es imprescindible para poder dirigir nuestros pasos humanos un poco más adelante. Pero siento que ya no es suficiente. ¿Qué más poder hacer? ¿Qué más debo perpetrar para salir de esta rueda hipócrita donde la indiferencia se apodera de nosotros de forma tan desmedida? ¿Es suficiente con hacernos instrumentos de la Paz? ¿Es suficiente con llevar la nueva buena del amor y la bendición del nuevo mundo a todas partes? ¿Dónde están ese trozo de pan y justicia para el que no tiene? Hay algo de todo esto que aborrezco. Y es mi propia incapacidad humana para poder reaccionar debidamente ante la tragedia. Me siento hipócrita escribiendo estas letras. Me siento huérfano de cierta sensatez. Me siento humillado por no poder levantarme y gritar al mundo aún más fuerte. Pero sobre todo perdido, muy perdido… ¿qué más poder hacer?

(Gracias J. por la inspiración).

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