El secreto


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Durante miles de años el ser humano se ha interrogado sobre los misterios de la naturaleza y sus leyes. Algunos iniciados en el conocimiento llamaron a ese misterio la “llama”. Dotaron de música, de símbolos y claves ocultas todo aquello que solo podía ser explicado desde un silencio cómplice, un compartir secreto. Crearon un método para que ese fuego, esa llama, pudiera sobrevivir por miles de años sin que fuera pervertida o desacralizada. Se crearon mitos sobre el cómo los dioses nos habían entregado esa llama y se guardó en templos invisibles para ser transmitida bajo la más absoluta de las reservas.

Durante mucho tiempo, el secreto, la llama, tomó muchas formas. A veces, muy pocas veces, tuvo la capacidad de estar en la más clara de las superficies. Pero siempre tuvo que ser ocultada en lugares remotos, allí donde el canto del gallo o el ladrido del perro no son escuchados. Allí donde no puede ser apagada por el miedo, la vanidad o la ignorancia.

La transmisión ha seguido durante generaciones hasta llegar a nuestros días de forma doblemente disimulada. Cualquiera podría estar frente a ella sin poder verla, sin poder entender absolutamente nada sobre sus símbolos, sus enseñanzas, su conocimiento profundo. Cualquiera podría poseerla, tenerla entre sus manos, sin saber qué hacer con ella, como utilizarla. Su secreto es tan imprevisible que nadie que no pudiera conocer sus claves más profundas podría hacerse con su luz. Ni siquiera los magos más avanzados pueden del todo perfilar uno solo de sus secretos. Tal es su reserva, tal es su belleza y su fuerza.

Alguien me dijo que cerca de aquí había un lugar secreto donde guardaban la llama. Mi curiosidad me hizo seguir las señales y llegar hasta el sitio, un pareja precioso en medio de un bosque rodeado de grandes prados y montañas. Los paisajes de Escocia encierran ese particular aroma natural que tanto gusta. Llegué a las doce en punto y llamé a las puertas del templo. Nadie respondió hasta el tercer toque. Me presenté como peregrino, aprendiz del Arte y arquitecto de oficio. Me preguntaron mi edad y respondí que tres años. Me preguntaron que de donde venía y les dije que de una logia de San Juan. Me preguntaron que adonde iba y les dije que al Oriente. Pude pasar el primer umbral, pero no fue suficiente.

Alguien se acercó y me pidió las palabras secretas. Luego los toques y más tarde los pasos perdidos. Respondí. Pasé el segundo umbral. Allí me pidieron el saludo y continuaron con el interrogatorio para asegurarse de que era un hombre de honor, un buscador sincero de la virtud. Respondí y custodiado por un ejército de hombres y mujeres vestidos de blanco con lazos celestes me llevaron hasta las puertas del adytum. Sonaron las campanas, empezó la música ceremonial, el fuego fue transmitido y la llama de Oriente volvió a brillar junto a la estrella. Los obreros estaban felices y satisfechos. La piedra pulida fue perfeccionada en el edificio. Un centenar de centinelas custodian ese lugar apartado del ruido y resguardado de la indiscreción. Todos son iguales, no hay distinción excepto por unas marcas disimuladas que indican cada grado y condición. La espada flamígera señalaba el punto que no se pasa. El templo, con sus paredes blancas y su techo celeste era majestuoso y resplandeciente, perfectamente protegido.

Guardé silencio hasta la medianoche en punto. La belleza del ritual estuvo expuesto a mi propia emoción. La música, el drama representado a la perfección, el ejército angélico custodiando la llama, el marco incomparable de aquel reguero de sabiduría, belleza y fuerza. El secreto seguía allí, inmaculado, puro, expectante. Sólo podíamos humillarnos ante él y ofrecer en el altar del sacrificio nuestra propia vida.

El lazo místico nos unió de nuevo, en fraterna comunión. Se hizo de nuevo el silencio. Soltamos la venda y marché agradecido. Me sentí aliviado, feliz. El misterio continua a salvo. La llama sigue viva. El secreto está vivo. Seguimos construyendo el templo.

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