Amada Sombra


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Todos te desprecian, todos se alejan de tus rumores. Nadie desea tenerte a su lado. Nadie se atreve a reclamarte como propia. Sin embargo, apareces en la noche, susurras tus secretos, nos llenas la vida de promesas y te escurres entre las sabanas para que todos disfrutemos de tu delirio.

Ego, sombra, el propio mal. Te llaman de mil maneras. Se obcecan especialmente por tratar de dominarte, por tratar de aniquilar tu esencia. Se buscan posaderas donde buscar la luz, pero ignoran que cuanto mayor es la luz que nace mayor es la sombra que proyectan. Es una proporción ineludible.

Por eso, en esa ensoñación, quiero aprender a amarte. Quiero dejarme seducir por tus fantasías, por tus incitaciones al error, a la torpeza. Quiero dejarme llevar por esos empujones tuyos que me incitan a la caída inevitable.

Ya no te detesto, ya no te recrimino. Aprendo a tenerte, aprendo a ver como articulas tu arte para despojarnos de la virtud. Te abrazo querida sombra, como un amante abraza en secreto a su amada. Con esa mariposa inquieta, con ese cúmulo de emociones que son capaces de despertar al más inerte de los volcanes.

Ya no eres mi enemiga. Ya no eres aquello que todos detestan con inquina. Te amo, te integro, te seduzco para que sigas a mi lado y así no permitas que vuele directamente por esos paraísos prometidos. Prefiero estar aquí, el último, en silencio, empujando sediento desde el fango para que otros salgan. Prefiero sudar asfixiado ese ácido del esfuerzo, ese acebo amargo que nadie quiere tomar.

Al amarte me libero. Porque ya dejo de luchar contra mi mismo. Ya dejo de atormentarme sobre si hice bien o mal. Ya dejo de buscar razones por las cuales deba tener un aplomo exquisito. Da igual querida Sombra. Ahora sé que soy completo a tu lado, que el error, que la oscuridad, que aquello que es cóncavo e imperfecto también soy yo.

Por eso, querida, sigamos tumbados en el regazo de la tierra, suplicando por no ser ángeles, sino simples mortales, humanos que aspiran a soportar el peso de la batalla, la mugre rugiente que se respira cuando decides ser el último para ayudar a los primeros. Ese hollín forzoso, esa dosis de oscuridad soportable.

Te amo querida Sombra. Ya no te tengo miedo. Ahora sé quien eres.

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