A modo de confesión


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“¡Huye de todo esto! ¡Agigántate! ¡Pásate a un reino más extenso!” (Fausto)

Leyendo las palabras de Fausto me he sentido cautivado por una fuerza extraña. De repente me acordé de dos acontecimiento importantes que impactaron nuestra visión de las cosas en este último año mientras mi corazón se conmovía arrastrado por una consciencia diferente, por una luz especial:

1) El cartel que advierte al visitante que pretenda comprar algo en la ferretería de Triacastela. No recuerdo bien su frase pero era algo así como: “abrimos cuando estamos y cerramos cuando nos vamos”. 

2) Aquella noche en la caravana donde llegamos a contar más de cincuenta absurdos acuerdos que terminamos sabiamente por rebajar a tres. 

Tres acuerdos mínimos en un mundo de bestias es una buena cifra. En las comunidades antiguas no existían leyes. Bastaban los lazos de amor y cercanía. Fue el sistema el que necesitó, nacido al fuego de la fábrica (la codicia y el egoísmo), regular precisamente eso: la codicia y el egoísmo. 

Trabajando a fondo este fin de semana en la tesis y repasando la historia de tantos y tantos proyectos comunitarios que han fracasado me preguntaba porqué. Y la respuesta no podía ser otra: por miedo, y por lo tanto, por la ausencia de amor. 

Mientras estos días hacía los cuadernos para el voluntariado me daba cuenta de que el miedo había invadido nuestros corazones. De que, por alguna razón extraña, estábamos imitando los modelos que desde pequeños nos han delimitado. Horarios, rituales, proyecciones…

Me preguntaba realmente como me gustaría vivir en comunidad y se me ocurría esto:

 Horarios

     Meditaciones: cuando amanece y anochece. 

   Comidas y desayunos y cenas: cuando tengamos hambre. 

   Trabajo:

       Por las mañanas, entre que amanece y nos entra el hambre y hasta donde nuestra fuerza y consciencia nos permita. 

    Temporalización de las Semanas de experiencia:

        Ven cuando puedas y vete cuando lo necesites. 

     Condición para estar en la comunidad:

         Ser feliz y hacer felices a los otros. 

      Acuerdos

          Amarás al prójimo (y especialmente a la prójima) por encima de todas las cosas. Añadiría además, amarás a los animales y a tu cuerpo (vamos, los tres acuerdos mínimos que ya tenemos). 

Creo que si nos vamos a la enseñanza primigenia de Jesús, ahí está todo el meollo de la cuestión muy bien explicado. No necesitamos más, excepto sencillez, esperanza, valor y amor. El amor debería ser nuestro único acuerdo, nuestro mayor principio. Amarnos tan libremente que fuéramos capaces de perdonar y aceptar, especialmente aceptar todo aquello que la vida nos trae: drogadictos, prostitutas, leprosos… “Dejad que los niños se acerquen a mí”. ¿A qué tenemos miedo?

Al imponer tantas y tantas cosas que sin darnos cuenta viene de la estructura del antiguo sistema (véase el librito “Creando Utopías”), estamos reproduciendo, de forma disfrazada, esa metodología del miedo y alejándonos de lo que verdaderamente nos conmueve: el amor.

Al no guiarnos por el amor, no dejamos que la vida se exprese. Simplemente la limitamos, le ponemos corsés sin dejar espacio a la improvisación, al milagro de cada instante. Encapsulamos la vida en nuestros miedos sin darle oportunidad a la expresión. 

“Deja lo que puedas y coge lo que necesites”… ¿pero es esto posible hacerlo sin límites? ¿Está el ser humano preparado para ello? ¿Lo estamos nosotros?

Desearía dedicar los próximos años a poder intentarlo. Con sencillez, con amor, con cierto grado de locura.

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