¿Se puede sanar un trauma?


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Ayer, en el flujo intenso de la meditación, reflexionaba sobre los traumas. Realmente es algo que nos condiciona de por vida, y es algo tan oculto y oscuro que nunca somos conscientes de cuanto ese trauma nos está afectando en la vida diaria.

La infancia y partes de nuestra incipiente adolescencia y juventud está plagado de traumas. Son experiencias que de alguna forma nos han querido ayudar a madurar psicológicamente aspectos de la vida que a veces, ya sea por accidente fortuito o por las propias circunstancias del individuo nos han atravesado de forma intensa y dura. Si ese trauma no se supera, de alguna forma se enquista en nuestro interior perjudicando gravemente toda nuestra evolución posterior.

La mayoría de los traumas tienen que ver con experiencias sexuales, emocionales o psicológicas de calado profundo. Una violación o abuso en nuestra infancia, a veces conscientes o no de ello, un ingenuo acercamiento a la sexualidad que luego no supimos organizar en nuestro interior. El caso de hermanos con hermanas o primos con primas o vecinos con vecinas que de forma consentida por ambos lados empiezan a experimentar sus primeros impulsos sexuales entre las personas más cercanas a su entorno, a veces de forma ingenua e inocente, como un juego o una búsqueda de roles y otras, por el mismo impulso, de forma agresiva, sin entender o saber gestionar, en ambos casos, la propia experiencia de aprendizaje sexual.

A veces nacen por inseguridades emocionales o psicológicas, por abusos afectivos, por relaciones tóxicas de todo tipo, normalmente entre padres e hijas o madres e hijos o entre hermanos que no terminan de entenderse. Y luego las primeras relaciones fuera del entorno de seguridad de la familia, normalmente entre los primeros amigos y la escuela, donde asistimos a todo tipo de abusos que no siempre somos capaces de verbalizar.

Otras veces la simple pérdida de un ser querido que no hemos sabido gestionar ni madurar. O las pérdidas materiales, que en algunos casos han llevado incluso al propio suicidio.

Lo cierto es que todos esos traumas, todas esas experiencias están ahí y afectan día a día a nuestras relaciones presentes y futuras y al que debería ser nuestro sano compartir diario.

La pregunta en la reflexión meditativa fue clara: ¿cómo resolver un trauma? ¿Se puede curar una dolencia afectiva, emocional, psicológica, traumática? La respuesta fue contundente. Un trauma es una huella profunda que afecta a esos otros cuerpos, el emocional y el psicológico, de forma profunda. Si la pregunta fuera, ¿cómo curar o resolver una mutilación debida a un accidente físico? La respuesta sería clara. No se puede. Si una persona se queda sin un brazo o pierde una pierna eso quedará de por vida. Lo primero que se puede hacer es aceptar esa nueva realidad y abrazar su existencia. Lo segundo, adaptar nuestra vida a esa realidad, buscando aquellas herramientas que nos permitan seguir adelante a pesar de los obstáculos. El reto de la superación personal siempre estará presente y vivo.

En los traumas emocionales o psicológicos ocurre lo mismo. Es una huella tan profunda que sería complejo que pudiera desaparecer de nosotros. Lo único que podemos hacer es abrazarla, reconciliarnos con esa experiencia, con esa sombra y su aprendizaje y adaptar nuestras vidas con amor y compasión para poder seguir adelante. Tan complejo es aceptar que hemos perdido alguna extremidad o capacidad como aceptar que hemos perdido una parte de nosotros mismos a niveles emocionales o psicológicos.

Los profesionales terapéuticos nos deben ayudar a bucear en esa reconciliación con la experiencia y dedicar tiempo a la búsqueda de herramientas que fortalezcan nuestra adaptación a esa realidad, sin que ello dificulte nuestras correctas relaciones con el entorno y con el resto de personas. Las experiencias no deben dificultar nuestra realidad, sólo deben servir de aprendizaje para fortalecerla. Nuestra actitud y reacción ante ellas será lo que nos haga mantener una vida sana y feliz en el futuro. Por lo tanto, la propia sanación parte de la aceptación, la reconciliación y la adaptación a esta circunstancia.

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