Los beneficios de la meditación


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Todas las mañanas salgo a correr a eso de las seis. Es precioso y motivador hacerlo a la orilla de la bahía mientras escuchas la fiesta mañanera que las aves migratorias tienen cuando la marea aún está baja. Cuando dedicas más de dieciséis horas a trabajar con el intelecto, es bueno mantener algún tipo de disciplina física e interior. Así que corro todas los días temprano mientras disfruto del amanecer, participo de las dos meditaciones que se hacen por la mañana en la comunidad y luego acudo sin falta a la tercera meditación, la vespertina. Normalmente a esas horas muchos solemos estar durmiendo, pero cuando dedicas un rato a mantener una actividad física y otro poco de mañana a cierta interiorización el día se presenta radicalmente diferente. Creo que esto es algo que nos deberían enseñar en la escuela. Quizás con algunas clases de yoga por la mañana temprano acompañadas de veinte minutos de silencio, de meditación, de paz, el mundo sería diferente para todos.

En la meditación de la mañana suele haber poca gente. Supongo que por la hora en la que empieza, las seis y media, y la hora en la que acaba, las siete y media. Quizás para las personas que empiezan la práctica de la meditación una hora sea un exceso. En un mundo donde no estamos acostumbrados a estar más de cinco minutos sin mirar el móvil o la telepantalla (esto está desequilibrando nuestro sistema nervioso), nos resulta inquietante la posibilidad de poder estar una hora sin hacer sana, solo observando, solo silenciando nuestro movimiento interno. Pero cuando lo haces, cuando entras en ese plano de quietud, descubres una nueva vida, una nueva forma de contemplar la existencia. Es como si de repente toda la intensidad vital se multiplicara por cien. Es como si de repente estuvieras viviendo múltiples vidas en una sola. Y eso es siempre una experiencia maravillosa, porque de alguna forma, todo cuanto ocurre en nosotros cobra sentido y coherencia. Dedicar una o dos horas al día a la meditación, o veinte minutos si no disponemos de tanto tiempo, es un ejercicio que con la paciencia y el tiempo provoca en nosotros múltiples beneficios. Recordad que un paseo silencioso en mitad de un bosque también puede ser una excelente meditación.

Cuando esta mañana salíamos de la segunda hornada de silencio, alguien me ha preguntado si era budista. Con una gran sonrisa le he respondido que no, que mi religión, de tener alguna, es la religión del amor. Aunque la palabra ha sonado un poco cursi (admito que en inglés no tanto), tiene un valor muy profundo. La mente es un vehículo que siempre pretende clasificar las cosas. Está configurada para entender el mundo, para interpretarlo, para dotarlo de significación, y para ello necesita clasificar, modelar, encasillar. La mente es la que nos dice de qué nacionalidad somos, de qué partido político o de qué religión. Es una herramienta útil para poder entendernos y para poder dotar de cierto significado a nuestro entorno. Pero más allá de la mente hay un vehículo más poderoso que no clasifica, que no divide, que no fragmenta la realidad. Vagamente lo llamamos amor. Amor no es más que una fuerza poderosa que “ve” más allá de las apariencias, de las formas, de los contornos. Es una luz que lo envuelve todo y que nos permite ver la unión de todo lo que nos rodea y envuelve.

La meditación es un buen ejercicio para instalar nuestra consciencia en ese amor, en esa energía. Al hacerlo, vemos realmente el artificio de las cosas. Comprendemos que no existen razas, ni ideas mejores o peores ni religiones más buenas que otras. Si te instalas en el amor te das cuenta como todos trabajamos para un mismo propósito, para una misma finalidad, y la respuesta a esa identificación no puede ser otra que volvernos generosos y cómplices, colaborativos y cariñosos, alegres y amables.

Esa visión es solo uno de los beneficios de la meditación. Entender quienes somos, elevar nuestra visión sobre las diferencias, instalar nuestra consciencia en el vehículo del amor, la comprensión y la compasión. Cuando lo hacemos estamos integrando en nosotros un concepto nuevo de responsabilidad amplia, de compromiso hacia un trabajo integrador y abarcante. Cuando conseguimos poner a trabajar esas pequeñas herramientas en nosotros algo hermoso ocurre en nuestras vidas. Algo que merece la pena experimentar. Pero antes debemos recobrar nuestro sentido, nuestra disciplina, nuestra interiorización. Antes debemos seducirnos y reconquistarnos. Antes debemos empezar a amarnos a nosotros mismos. A nuestro cuerpo, a lo que comemos, a lo que respiramos, a lo que decimos, a lo que hacemos, a lo que recibimos y a lo que amamos. Ese es nuestro primer gran reto. Amarnos.

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