Esa constante dualidad humana


a

A P., deseándole un feliz viaje hacia el bien…

El ser humano siempre es capaz de lo mejor y de lo peor. Fluye por su sangre todos los espectros posibles, todo ese abanico de maldad y sublime bondad capaz de llevarlo hacia lo más bajo o hacia las cuotas más altas de virtud. Realmente es como si el ser humano estuviera habitado por dos seres totalmente ajenos el uno del otro. Según el grado de quietud que poseamos sobre la vida ordinaria, se manifestará uno u otro.

Somos conscientes de esa dualidad y somos conscientes de que hay personas que tienen más facilidad para mostrar su cara más agria o su rostro más amable. Otros, tienen tan enterrado su ser maligno que resulta extraño verlo actuar de forma oscura o perspicaz. Hay otros que ya se levantan retorcidos, amargos, tristes, embaucadores, oscuros.

Cuando llega un ser humano a nuestras vidas, lo mejor que podemos hacer es, como dijo San Agustín, es hacernos sus amigos. Es la única manera que tendremos de ver su lado amable y su lado oscuro. Y al mismo tiempo, será un banco de pruebas perfecto para que en nosotros se desarrolle la virtud o la maldad.

Nadie se libra de esta dualidad. Todos caemos en esa tentación bíblica que nos avisa constantemente de nuestra negligencia. De ahí la expresión de ser humanos. A veces nos comportamos como fieras y otras como auténticos ángeles. Estamos en ese camino medio, en esa conjetura constante y arbitraria.

Los monjes y santos buscaban beatitud alejándose del mundo, excluyéndose de la vida ordinaria. Se marchaban a los desiertos o las montañas para peregrinar en las santas vías del espíritu. Allí descubrían sus demonios interiores y se enfrentaban a solas al lado oscuro. Hoy día, esos encierros nos sacuden de mil formas. Buscamos nuestra propia antesala de aislamiento para evitar dañar al otro, o para evitar dañarnos a nosotros mismos.

El camino de la virtud es costoso. Reclama para sí un gran esfuerzo, una gran atención, una concentración a prueba de bombas, una somera disciplina para no errar, para no proveer al mundo de emociones dañinas. Nuestras acciones son sometidas al rígido control de nuestra razón, y la visceralidad con la que a veces nos dejamos llevar debe ser arrastrada hacia las compuertas de lo armónico. Las puertas del cielo parecen ser, irremediablemente, la natural evolución de nuestra especie. Eso incluye un laborioso plan de esfuerzos y méritos que hay que descubrir, explorar y poner en práctica. El rolex cósmico nos espera en la hazaña, más allá de la pereza o el dolor que opera de tan sólo pensarlo. ¿Para qué sino la vida nos hubiera hecho pensantes? Sólo para mejorarse a sí misma mediante la milagrosa visión de su naturaleza.

Ahora que ya sabemos el secreto, ahora que ya conocemos los resortes de la evolución, no podemos torcer el giro. Podremos ser más ángeles, pero nunca más podremos retroceder al estadio animal. Así que nuestro deber es dejar nuestra bestia a un lado y escalar por la escalera virtuosa hasta las puertas del cielo. Cueste lo que cueste, la virtud debe ser nuestro cometido constante.

Anuncios

One thought on “Esa constante dualidad humana

  1. Hola Javier,

    Creo que la mejor forma o el mejor camino es el de la naturalidad. Ir haciendo tal cual se respira o se mira o se siente…

    Espero que estés teniendo una estancia fructífera y agradable 🙂

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s