La ciudad de la Luz


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Parece que las ranas se han ido a descansar a la charca. Estos días de sol han salido a cientos. Se han apareado, han puesto miles de huevos que recorren uno de los bordes de su acuática casa y se pasan todo el día felices hasta la marcha del sol. Mi ventana es un privilegio. Su habitante ahora está en Brasil. Estoy rodeado de todos sus enseres pero respetuoso, intento no rozar nada ajeno a mis libros de antropología, mi pijama de franela y mi ordenador. Me gusta mirar la foto que ha dejado en la mesita. Está como vigilando que sea un chico bueno, discreto y amable. Toda la habitación huele a ella, y sin conocerla, es como si ya la conociera de toda la vida. Es curioso como impregnamos los lugares de nuestra esencia. Dejamos tantas pistas con nuestro perfume, con nuestras huellas esparcidas por todas partes. Cuando duermo en su cama me pregunto a veces que estará pensando. De alguna forma extraña es como si fuéramos vecinos. Son las cosas que tiene vivir en el lugar de otro.

Las otras realidades se suceden ahí fuera. Como la casa nunca está cerrada, ni siquiera de noche, entra todo tipo de personajes con esa exquisita educación anglosajona. Salen y entran y apenas me da tiempo a ver quien es uno u otro. En una de las salas de la casa un joven amable da terapias. Eso hace que la casa tenga vida propia y yo disfrute de sus visitantes, visibles e invisibles, que siempre vienen con una apropiada sonrisa y un mensaje alentador.

Desde la ventana me distraigo a veces, cuando estoy cansado de escribir o leer y trabajar. Veo todas las dunas e imagino el océano ahí atrás. El mar del Norte es muy diferente a nuestro templado Mediterráneo. Aquí los océanos tienen carácter, y lo esculpen con fuertes mareas y movimientos animados por el viento. La bahía de Findhorn es preciosa, con sus típicas casitas de piedra muy bien cuidadas, coquetamente expuestas para que el visitante pueda disfrutar de la armonía de sus viviendas. Me gusta ese sentido tan arraigado de equilibrio, de sensibilidad hacia el respeto visual, la elegancia de las formas, la belleza de cada rincón, el cuidado de todo.

La comunidad de Findhorn sigue magistral en sus postulados. Intento participar en sus meditaciones. Hay un bonito paseo por la bahía de diez minutos hasta el santuario de meditación. Dorothy, una de las fundadoras de la comunidad, aún va puntual todas las mañanas a eso de las ocho y media. Con sus noventa y cinco años, me gusta verla mirar con el rabillo del ojo cada vez que alguien entra o sale. No sé si ella es consciente de que es la llama viva de esa ciudad de luz que alguna vez se proyectó en el cielo y que ahora, su sombra, se retuerce por sobrevivir.

A veces me gusta seguirla. Como está muy mayor, va haciendo paraditas cada pocos pasos. Se sienta, toma aire, mira a unos y a otros, habla con los más curiosos y continua. El otro día le hice una foto que me causó cierta ternura. Andaba con su abrigo rojo, con su bufanda roja y con sus guantes rojos. Iba solitaria, meditativa, observante. Iba sola, acompañada solo por mi mirada y cariño. Marchaba dispuesta a seguir un día más vigilando a los que entran y salen en la sala de meditación. Es como si los guardianes del cielo la asistieran para que no pierda de vista el sueño original. Recuerda Dorothy, teníamos que construir una ciudad de la luz. Ella lo recuerda, mira a su alrededor y sigue caminando.

Las ranas no salen de la charca por la noche. Cuando todo está en calma y silencio me gusta mirar el reloj y ver como pasa cada minuto. Es una sensación extraña. El tiempo se va. Todo se para. Desde Brasil entran y salen efluvios y esencias que vigilan también que el nuevo inquilino siga igual de amable y sonriente. A veces cierro los ojos y es como si todo se iluminara. Quizás, sin saberlo aún del todo, la ciudad de la luz esté por aquí cerca, en alguna parte del éter. Quizás las ranas lo sepan. O Dorothy, que camina irremediablemente por sus calles.

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