Buscadores de bondad


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Ya sabemos que ser una persona bondadosa no es más que haber trascendido la visión ordinaria de las cosas y haber accedido, de forma subjetiva y profunda, a una realidad mucho más amplia y extensa. Hay dos características fundamentales que señalan a un iniciado en esta condición de bondad: un afán profundo de guardar silencio sobre su propia experiencia y un anhelo de servir a la humanidad, buscando la compasión en todo aquello que florece.

Las herramientas que utiliza en esa búsqueda de la verdad y la bondad tienen mucho que ver con su particular propensión a las virtudes que él mismo ha desarrollado. Tendrá un afán de hacer bien su trabajo, pero sobre todo, de buscar alianzas con su grupo de actuación para que ese trabajo dé resultados más amplios y perfectos.

No tendrá tiempo para la crítica, ni tampoco versará su vida en la envidia, el derroche personal o la vaguedad. Su inclinación natural siempre será la de hacer el bien y su condición humana se construirá bajo los pilares de la virtud. Esto no significa ser perfectos, ni practicar la bondad por un simple deber o sentido. A veces la vida nos ofrece escenarios complejos para demostrar nuestra fortaleza interior, y no siempre estamos preparados para afrontarlos con delicadeza, quietud, amor, compasión. Esto no debe angustiarnos. Son sólo aulas de aprendizaje. Momentos de sublime enseñanza interior. No hay que desesperarse por ello.

La bondad también es una práctica, no tan sólo una vocación. Por ello requiere acción, y la acción también produce error, equivocación. Lo bondadoso trasciende a lo puramente humano. Uno puede ser bondadoso con cualquier ser vivo, pero siempre recurriendo a la posición de que también tiene el deber de serlo con uno mismo.

No podemos aspirar a la bondad absoluta. Sería hipócrita estar a la altura de ese reto. Pero sí podemos aspirar al intento, al recuperar las ganas de volver a empezar a cada instante, a cada error, a cada falta. Perdonar y perdonarnos, transitar la senda de la alegría para desarrollar en ella todo cuanto somos. Realmente no es un camino fácil, nadie dijo que ser bondadoso lo fuera. Lo fácil es siempre el tedio y la desidia, el dejar que nuestra propia naturaleza se desarrolle según los placeres y estímulos de cada momento, sin reparar en el daño que podamos causar por nuestros incontrolables impulsos. No tengamos miedo a enfrentarnos a los mismos. Ahí están para enseñarnos el camino. Ahí aparecen una y otra vez para ponernos a prueba, para medir nuestro grado de bondad alcanzado. A veces basta con comer de forma bondadosa, de mirar al otro y a la otra de forma bondadosa, de respirar aire puro y brillante bondadosamente. A veces son sólo gestos minúsculos los que van creando la virtud de la bondad y la compasión. Sólo pequeños detalles que alteran el curso de nuestras vidas.

 

 

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