Kilwinning


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Tras recorrer toda Inglaterra de sur a norte llegué hasta las primeras blancas colinas de Escocia. A pesar de que la temperatura es parecida a la que tenemos en el norte de España, por alguna extraña razón el frío aquí se hace más agudo y pesado.

Cuando he llegado al lugar justo donde se entabló la batalla de Bannockburn, muy cerca de Glasgow, dejó de llover y el cielo se abrió en círculo, de forma muy parecida a ese fenómeno que tanto observamos en la bóveda celeste de O Couso. En 1314 se peleó a sangre por la independencia de Escocia sobre Inglaterra. En aquellos tiempos era así como se consolidaban unos territorios sobre otros, unas creencias sobre otras, unos oscuros intereses disfrazados de emociones sobre otros. Con espadas, sangre y muerte se defendía eso que llaman país, patria o nación. Y sobre esa absurda e irracional sangre me encuentro ahora, intentando entender algunos episodios de la historia preocupado por la repetición constante de la misma. No hace muchos meses se hizo un referéndum pacífico donde ganó por muy poco la unión de ambos países.

A este lugar dicen que llegó un nutrido grupo de templarios comandados por Pierre d’Aumont, los cuales, tras la disolución de la Orden en 1307 se refugiaron en Escocia y participaron de dicha batalla. Se cuenta que desde aquí se mezcló el templarismo iniciático con la masonería operativa, dando como resultado la creación de la masonería actual.

Muy cerca de aquí se encuentra Kilwinning, donde he pasado la mañana. Allí está la que al parecer fue la logia madre, creada en 1140, tal vez por masones venidos de toda Europa para participar en la construcción de la Abadía que allí se estableció, perteneciente a la Orden de Tirón, de origen francés y emparentada con la diócesis de Chartres. Una orden nacida de una escisión benedictina de la Orden de Clunny. Una abadía, como la de Glastonbury, totalmente destruida. De la logia madre número cero de Kilwinning sólo queda un pobre edificio quizás del siglo XIX que intenta emular glorias pasadas. Un vivo ejemplo, como el de la abadía, de la decadencia de valores como los de fraternidad, igualdad, libertad y el amor al prójimo.

A algunos masones actuales les cuesta mucho entender ese origen cristiano y católico de la orden masónica. A pesar de que todos los rituales están basados en capítulos de la Biblia mezclados con algunos ritos de origen pagano, resulta difícil entender la orden sin bucear en sus orígenes, en sus rituales, en sus mitos y leyendas, en todo lo que rodea a su misterio y su historia, y sobre todo su especial vinculación con el cristianismo.

El ser humano siempre tienen a fantasear sobre las cosas, a dotarlas de significados a veces nacidos de la imaginación y la fantasía. Una fantasía inventada hace mil años es capaz de cobrar fuerza y mantener hechizada la mente de los ingenuos. Es capaz de vencer las aristas del tiempo y pretender que aquello que fue fábula ahora sea verdad. Es la fuerza del mito. Es la fuerza de la tradición y la costumbre. Es como esa sangre derramada, como esas batallas perdidas que se conmemoran como si fuera algo glorioso o digno de recordar. Ahora que paseo por estas colinas no veo nada de digno. Solo imagino sangre y tripas por un trozo de tierra, por un descabellado sentimiento de posesión y egoísmo, por una oculta trama de intereses que unos pocos nobles utilizaron para afianzar su poder. No veo ningún acto heroico en defender una bandera. Me resulta insultante a la inteligencia el alzamiento de cualquier bandera, su adoración, la propia simpatía a un símbolo nacido de la fantasía de todo un pueblo, de cualquier pueblo. Resulta repugnante, quizás porque pienso en los miles de personas que murieron en esta batalla, que todo eso sea a costa de la ingenuidad humana y de su capacidad cobarde para no ser capaces de decir no.

Sea como sea, todos estos lugares, todas estas tradiciones están cargadas de cierta belleza hipnótica. Me gusta pensar que por estas tierras estuvo vagando José de Arimetea con un grupo de primeros cristianos que predicaban el amor a los enemigos. No sabemos si realmente fue así, tampoco sabemos si el barco que eligió para la aventura estaba acompañado de insignes personajes como María Magdalena o el apóstol Santiago, el cual terminaría sus días en el norte de España. Realmente nada sabemos de todo aquello que ocurrió hace dos mil o mil años, excepto por aquellos documentos, costumbres o mitos que han sobrevivido al tiempo tras tanta sangre y destrucción de unos y otros.

De todos ellos posiblemente algunos sean verdad. Muchos otros solo una mera fantasía. Sea como sea, seguimos los caminos, porque en ellos aprendemos la noble enseñanza del discernimiento, única herramienta para albergar algún resquicio de eso que vagamente llamamos verdad. Y de todas las verdades, me quedo con la de José de Arimetea, cuya única expresión ingenua fue la de hablar de amor universal mientras otros peleaban por banderas.

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