Glastonbury


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Me encuentro en Caerleon, en el sur de Gales. Según la tradición artúrica, este es uno de los lugares donde supuestamente se encuentra Camelot. Me he dado una vuelta por el tranquilo pueblo pero no he visto ningún indicio sobre ello, ninguna pista que pueda llevarme hacia ese lugar mítico, ninguna intuición etérica al respecto. Este es un lugar tranquilo en todos los sentidos excepto por el trajín de los coches que vienen de Newport y se encaminan hacia el norte del país.

Ayer, tras pasar el estrecho de la Mancha pasé algo de frío. Llegué tan agotado a ninguna parte al sur de Londres que paré al borde del camino y me puse a dormir sin reparar en la necesidad de abrigarme bien. Por suerte, cuando el cuerpo se encuentra ante la tensión del viaje, no se queja de nada. Tenía planeado ir a Glastonbury y de ahí a Brighton para pasar el día de mañana con una amiga, pero cuando salí de la ciudad de Ávalon me di cuenta de que había confundido esa ciudad con la cercana Bristol. En la torre de Tor había una señal que ponía que a once millas dirección sureste se podía encontrar otro lugar que podía ser Camelot: el castillo de Cadbury. No pude encontrarlo y terminé en Caerleon de camino hacia Bannockburn y Kilwinning donde deberé documentar algunas cuestiones sobre la historia de la masonería.

De camino a Glastonbury siguiendo la radial A303 que viene de Londres te encuentras con la mítica Stonehenge. Si pagas unas quince libras un autobús te lleva hasta el mismo emplazamiento desde el que disfrutar con la calma que el frío y la lluvia te permitan. Realmente el lugar es asombroso. Un templo perfectamente alineado con el sol de más de 4500 años de antigüedad. Un sofisticado pueblo prehistórico debió acumular algún conocimiento que en nuestros días se nos escapa. Cuando visitas el lugar de cerca te das cuenta de cuanto ignoramos sobre nosotros mismos, y sobre todo, cuanto hemos perdido como humanidad de nuestro legado histórico, de nuestros saberes y nuestra dignidad profunda.

Ya había estado anteriormente en Glastonbury y el regresar tras la visita a Stonehenge a la inversa por la ruta que hice la última vez tuve una sensación de cierre de etapa, de ir sellando todas esas puertas que se abrieron en esos años de tinieblas para ir retomando otro camino. El hecho de volver a Escocia y encerrarme tres meses para terminar la tesis doctoral tiene mucho de eso.

En Glastonbury, gracias a la valerosa guía de la amiga Carmen, pude disfrutar de nuevo de todo este movimiento neopagano que crece en torno a las leyendas artúricas, al revival sobre los ritos de adoración a la madre tierra, a la feminidad representada por María Magdalena, los ritos de Isis, y sobre todo, a los movimientos de la nueva era en torno a las creencias sobre la presencia de una ciudad etérea –Ávalon- que sigue viva por encima de la torre de Tor. A todo esto hay que añadirle la leyenda de José de Arimetea, la cual cuenta que aquí, en esta tierra, fue enterrado el Santo Grial.

Mientras paseábamos por la ciudad y nos dirigíamos a lugares tan emblemáticos como la antigua abadía, a “The White Spring”, la fuente consagrada a la energía masculina y femenina, a la mágica torre de Tor o a Chalice Well, el pozo donde supuestamente José de Arimetea escondió el Santo Grial, miraba el rostro de las gentes de ese lugar y sin duda parecía todo el conjunto una reunión de magos y brujas, de antiguos druidas que vuelven a reunirse para no se sabe bien qué ritual de vida. Es la misma sensación que tuve cuando viajé hasta Taizé, en el sur de Francia, muy cerca de la también extinta abadía de Clunny. Es como si los antiguas almas que algún día dejaron sus lugares de consagración volvieran a reunirse para dar vida al espíritu de los tiempos.

Si bien en Taizé uno tiene la sensación de que los allí reunidos son los antiguos descendientes de la orden de Clunny, aquí en Glastonbury la sensación es que todas estas almas errantes parecen ser la reminiscencia de antiguos druidas que intentan invocar de nuevo sus antiguos ritos paganos. En Glastonbury encuentras por todas partes cuarzos, amuletos, extraños personajes sacados de cuentos de hadas, y un sinfín de peculiaridades que demuestran la conexión con las tinieblas de la isla de Ávalon y la confusión reinante en el mundo del espíritu encarnado en nuestro tiempo. El Tao lo expresaba de forma diferente: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo misterio. Aquí, como en la leyenda artúrica, quizás algún día esas tinieblas den paso a la luz de la verdad, y la reconciliación de los espíritus errantes sea posible ante la inevitable senda de la compasión. Algún día esos cristales, esas velas y esos inciensos interminables dejarán paso a un propósito mayor y oculto, pero desvelado para que el poder de la nueva tierra dé paso a mayor claridad y lucidez. Mientras tanto, los peregrinos siguen las sendas marcadas a fuego para apoderarnos de la llama. Soy el Camino que busca a los viajeros, leíamos hace tan sólo unos días en París. Mañana habrá más camino.

 

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