Notre Dame de Paris. Yo Soy el Camino que Busca Viajeros


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Entre el laberinto de Chartres y el laberinto de la catedral de Amiens había un camino estrecho con parada inevitable en Notre Dame de París. Atravesar toda Francia para fotografiar los misterios de sus muchas catedrales sin duda ha sido una atrevida aventura. Cuando esta mañana amanecía en Chartres y penetraba en su catedral sentía cierta nostalgia extraña. Había en cada piedra una historia, una vida, un misterio. Los alquimistas que levantaron los símbolos de ese lugar sabían que para llegar a Dios primero hay que pasar por el laberinto humano. Hay que atravesar con suma paciencia y pericia cada una de sus trampas. Por eso el laberinto se encuentra al poco de entrar en la catedral. Los sabios saben que la única forma de salir de ese laberinto pasa inevitablemente por la toma de consciencia del hilo de Ariadna que nuestra alma teje para sacarnos de nuestro propio lío. En Chartres percibes cierta verdad respaldada por la fuerza del símbolo. Y nace la responsabilidad interior de compartir esos trazos de luz que han sido tejidos con toda la prudencia posible.

Después de Chartres esperaba la ciudad eterna, la bella Paris, ese lugar plagado de palacios desplegados por todas sus calles. Nuestra Señora, Notre-Dame de Paris, nos recuerda que en toda Francia, y quizás en toda la cristiandad, la adoración a la Virgen está presente en todo su culto. La Virgen siempre es representada por una luna en cuarto creciente. Las fuerzas lunares que muestran la astralidad, la maya que nos protege de la luz del hijo. Notre Dame de Paris es como el vientre que protege con suma delicadeza ese símbolo.

Al entrar a la catedral te encuentras con un potente mensaje: “via viatores quaerit”, “Yo Soy el Camino que busca Viajeros”. Me ha impactado porque a cual peregrino me he visto de frente con el mensaje, con la inevitable llamada, con esa urgencia de seguir adelante. Vitruvio escribe en su De Architectura, que la arquitectura descansa en tres principios fundamentales: la Belleza (Venustas), la Firmeza (Firmitas) y la Utilidad (Utilitas). Pero cuando entras a una catedral te das cuenta de que hay algo más: el conocimiento. Cada piedra parece tener vida. Cada poema épico es descrito en esas estatuas, en esos mensajes que nacen de sus paredes. Toda catedral es un libro abierto para quien tiene ojos para ver. Lo hemos podido ver también en la inmensa catedral de Amiens, una réplica casi exacta de Notre Dame de Paris. Todo arte gótico encierra un argot hermético, un lenguaje que permite descifrar las columnas de la enseñanza que conduce al Jardín de las Hespérides. Los argonautas viajan hacia ese conocimiento para compartirlo, porque no hay mayor bien, no hay mayor inteligencia y mayor entrega que la de vivir para dar.

Ahora me encuentro en mitad del Canal de la Mancha. Me espera Inglaterra y Escocia. Ahí encontraré más caminos y seguiré de nuevo la estela del peregrino. Mañana estaré vigilante en la mágica Glastonbury. Dicen que allí José de Arimetea enterró el Santo Grial. También dicen que allí se encuentra Avalon. José de Arimetea se convirtió en pescador de hombres. La leyenda del rey Arturo sigue esperando desvelar sus secretos.

 

 

 

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