Constructor de la casa, has sido descubierto


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Nada es plenamente satisfactorio para el ser humano. Si nos fijamos atentamente en nuestras vidas nos damos cuenta de que giran en torno a una sola palabra: el deseo. Una fuerza que se extingue a sabiendas de que todo lo que es, deja de serlo alguna vez. Podemos estar tranquilos mirando un atardecer mientras que nuestra mente no para de especular sobre lo próximo a conseguir, lo próximo a envidiar, lo próximo a conquistar. Nunca estamos satisfechos con lo que tenemos. Siempre deseamos más. Observaros, advierte qué es lo que rodea tu mente. ¿Qué deseas en estos momentos? No intentes engañarte, no intentes ponerle nombres o etiquetas. ¿Qué será lo próximo?

Tengo amigos que viven en palacios pero desean un palacio más grande. Personas que viven en la miseria interior y que procuran arrebatarle al pobre insensato lo poco que tienen. Avaricia, sordidez, mezquindad, usura, miseria. A veces ridículos o fantasiosos deseos.

Los mercaderes saben bien como funciona nuestro mecanismo. Estudiaron bien a Buda y sabían de sus secretos. Por eso, desde que se inventó el deseo, los ávidos mercaderes han hecho jugoso negocio con el mismo. Saben que el ser humano siempre, inevitablemente, seguirá deseando. Fijaros como funciona el simple mecanismo. Fabrican algo hermoso, bello. Y luego lo mejoran una y otra vez con nuevas actualizaciones, con nuevos escaparates, con nuevos motores, con nuevas vistas. Si tienes un apartamento de cincuenta metros cuadrados pronto desearás uno de quinientos. Si tienes una mujer hermosa pronto desearás otra con mayores cualidades. Si tienes un móvil de gama media pronto desearás uno de mayores prestaciones. Siempre queremos crecer. Eso es lo que nos enseñan e inculcan: hay que crecer. Estadísticas de crecimiento, mercado creciente, expansión, desarrollo…

Si nos observamos atentamente estamos sometidos a ese deseo congénito en nosotros. Es algo engendrado e innato que entorpece nuestro progreso verdadero, nos aleja de nuestros propósitos y sueños, distrae nuestra vida material alejándonos de las verdaderas riquezas interiores. Perdemos la atención sobre lo verdaderamente esencial.

Buda descubrió ese poderoso misterio, esa fuerza que nos arrastra lejos de nuestra verdadera esencia. Todo ello se halla resumido en las palabras que pronunció la noche de su iluminación : “He recorrido el ciclo de muchas vidas buscando sin descanso al constructor de la casa: constructor de la casa, has sido descubierto; no elevarás ya ningún otro edificio, porque tus vigas están rotas y destruido tu tejado. El corazón, ya libre, ha extinguido cualquier deseo“.

Buda entendió que el deseo era el padre de todos los sufrimientos humanos. Pero también exploró la posibilidad sobre la transitoriedad. Todo aquello que tiene un principio posee un fin. También el deseo, y por lo tanto, el sufrimiento. Nada nos pertenece. Todo se permuta. Lo único que permanece es el cambio. ¿Sabremos apartar de nosotros el deseo y empezaremos a obrar según los verdaderos designios de nuestro Ser? ¿Seremos capaces de seguir nuestro Camino más allá de perdernos en el deseo? ¿Seremos capaces de practicar los caminos?

(Foto: © Pavel Tereshkovets)

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