El reino de Dios está en vosotros


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“Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. (Juan 8, 32)

El avance moral se logra no sólo mediante el conocimiento de uno mismo como fortaleza de nuestra existencia. También es posible mediante el surgimiento de una nueva idea, de un nuevo paradigma al que le ha llegado la hora de nacer. Algo que surge conjuntamente en la mente iluminada, en el corazón ardiente, en las células de todos los cuerpos humanos que juntos vibran en una misma esencia.

En esta época superficial y alejada de valores morales, un nuevo concepto de Dios está naciendo. Un Dios íntimo, privado, alejado del ruido de las iglesias y los dogmas, entregado a la escucha silenciosa de un susurro que nace de lo más profundo de nosotros. Un silencio ardiente y una relación personal con lo más íntimo, con esa encarnación del cosmos infinito al cual representamos.

Tolstoi fue un gran defensor del avance que nos lleva inevitablemente a ese Dios alejado de instituciones y creencias. Sabedor de que sólo la ley del amor puede alejar al ser humano del horror del mal, reclamaba la movilidad a pesar del error y el fracaso más allá de la abominable inmovilidad que nos hace presos de nuestros prejuicios y cegueras.

La ignorancia es una barrera que nos aleja de esa verdad. Una verdad propia, pero también universal. Una lucidez que nace de nuestra percepción, pero también de la suma de las percepciones de todos los trozos de alma que subyacen en el ciclo de la vida.

Nos cuesta creer y aceptar que vivimos para bucear en el perfeccionamiento de la vida, para ser partícipes de esa proyección, de ese lazo que envuelve todo y del cual somos protagonistas conscientes. Nos cuesta asumir la sabiduría natural de todos los ciclos, de esa llamada interior que bucea dentro de nuestras entrañas.

Pero cuando asumimos firmemente nuestro compromiso con la vida, cuando navegamos por la nave que nos ha de llevar más allá de nosotros, sentimos esa necesidad de reencontrarnos con las fuentes, con el magma innegable que brota de cada esencia. El discurso revelador de todo cuanto acontece tiene que ver con esa avenida ancha que se abre ante nuestras vidas al comprobar la meta suprema. Ese reino está dentro de nosotros, esa misión es palpable ante el silencio de nuestras mentes. Ese propósito moral debería abordar el acorde que somos.

Nuestro mayor logro será el convertirnos en antorchas que tímidamente pretendan enfocar ese trozo de verdad, esa moral superior cargada de altos valores que nacen del vórtice de la ley suprema del amor. Los rayos que nacen de esa ley serán nuestra guía para continuar, pase lo que pase, bajo la mágica influencia de su doctrina. Y ahí residirá nuestra libertad más profunda, nuestro encuentro más íntimo con el reino de los cielos. Las puertas se abren, las llamas se acercan unas a otras y su poder ciega las puertas del mal. El coraje que nos empuja a la nueva vida debe llevarnos a la felicidad y la alegría. Es así como se manifiesta el cosmos en nuestro ápice de ternura interior, en nuestra verdadera misión redentora.

 

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