La única felicidad segura es vivir para los demás


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Lo decía Tolstoi tras pasar por muchas vicisitudes y hollar muchos caminos. Llegó a la conclusión de que para tener una vida feliz solo debía recluirse en el campo con la posibilidad de ser útil a las personas, trabajando en algo hermoso con la esperanza de que fuera ventajoso para los demás, y por supuesto practicando el descanso, la lectura, la música, la naturaleza, el amor al prójimo… Su receta siempre fue sencilla y muchos a lo largo de la historia la han recogido y han hecho suya. La conquista de toda América empezó con esa ilusión romántica de la vida en el campo, en comunidad, alejada del viejo paradigma europeo y de su ciudadanía cada vez más colapsada por el hollín de las fábricas y la ciudad. El propio imperio romano se derrumbó cuando las gentes empezaron a emigrar de las ciudades, asfixiados por los interminables impuestos y tributos, buscando refugio en el campo. Muchos prefirieron organizar su vida en torno a un señor, siendo vasallos o siervos antes que ciudadanos de un lugar irrespirable. Cambiaron un grillete por otro, pero cambiaron.

Más allá de la vida bucólica en el campo, con sus durezas añadidas y sus propias incomodidades, lo que realmente hace feliz a todo ser humano completo es ayudar al prójimo, tal y como nos razonaba Tolstoi. Eso implica un gran empoderamiento personal, una dicha trabajada en los pozos más profundos de la experiencia. No basta con tener el deseo de servir al otro, además, hay que hacerlo desde la utilidad, la vocación del ejemplo, la buena conducta. En resumen, hay que saber servir, ayudar, ser útil. Esa era la esperanza de Tolstoi.

¿De qué otra manera podríamos crecer como seres sintientes? Cuando has contemplado con serena compasión todas las miserias humanas, sólo esperas de la vida haber aprendido la lección de poder satisfacer su deseo último. La naturaleza misma se expresa mediante ese servicio silencioso. Cada ser, por minúsculo que sea, vive para el resto de la creación. Es un vehículo, una proyección de la vida, un leve susurro de la misma. Un acumulador de experiencias que mejora la existencia gracias a su propia efectividad. Todos nosotros, sin saberlo, somos portadores de esa vida, de esa inteligencia cargada de emoción que nos conduce hacia la autoconsciencia, hacia el sabernos portadores de algo más que una simple y anónima aproximación al mundo. Somos una llama que desea arder para el otro.

En nuestro tiempo limitado, anecdótico, en nuestro ligero paso por el mundo, debemos entender que nada importa más que ser uno con el cosmos y su mensaje trascendental. Esa unidad es posible cuando la compasión que albergamos se abre paso poco a poco hacia el silente camino de vivir para los demás. Sin olvidarnos de nosotros mismos, sino más bien puliendo nuestras virtudes más bondadosas, asumiendo la noble tarea de traspasar los límites de nuestra levedad para abrazar en sincera comunión el amor al prójimo.

No se trata de una posibilidad, se trata de un sentido. La vida, nuestro propio albedrío, dirigirá los pasos del peregrino hacia donde indique el corazón. Pero si el corazón está regado por la saciedad, por la vanidad y el egoísmo pronto se marchitará y perderá el rumbo. El corazón nació para amar. Ese es el lenguaje del alma, y solo ese lenguaje puede traducir su senda. Por eso, si el agua que cae sobre sus frágiles pétalos de loto traspasa la pureza, la generosidad y la virtud, el corazón llegará hasta las cuotas más nobles de la experiencia humana. Y en ese momento entenderemos la frase de Tolstoi: la única felicidad segura es vivir para los demás.

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