La vida auténtica acaba de empezar


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Esta mañana amaneció todo el paisaje vestido de blanco. Sin duda, la belleza y profundidad del invierno en su magnificencia ha ejercido una gran influencia en nosotros. Nada nos ha importado el frío. Hemos sobrevivido en las caravanas a la primera gran nevada. El perro Geo, curioso por esta novedad vital en su vida se sumaba a los juegos de todos. Era paradójica la alegría que se ceñía en nuestros rostros a pesar de la dificultad añadida y la inclemencia. Así actúa la belleza en el ser humano, sin importar el precio que haya que pagar por ella. De alguna forma, todo lo que está ocurriendo nos hace ser más honestos y auténticos, desnudos y frágiles ante tanta inmensidad.

Esta belleza única, esta estampa sólo imaginada en los cuentos de hadas y bosques encantados estaba aquí presente. De alguna forma, entraba dentro de nosotros y obraba algún tipo de milagro en nuestro interior. Esa nieve inmácula recorría nuestras colinas y ciénagas interiores. Nos hacía comprender las leyes supremas del orden, del servicio, de la entrega natural hacia la bondad y la armonía. Las sombras heladas de los árboles actuaban como puertas, como hogueras encendidas dentro de nuestros recodos. El flamante horizonte cristalino era como un espejo ensoñado que palpitaba esa vena salvaje en nuestros adentros. Sentíamos ganas de tomar la senda del bien sin mirar atrás. De obrar constantemente prodigiosas obras para ayudar al otro, para entender que el orden establecido, la llama superior de la existencia, sólo puede ser comprendida bajo esa capa de nieve. La naturaleza obra el bien. La nieve, el fuego, el agua, el viento… Todo son manifestaciones del bien. Sólo el ser humano, ante su ignorancia o desdicha interpreta la regeneración vital de la naturaleza como una atormentada procesión de dolor y sufrimiento.

Thoreau hablaba de esas leyes superiores en su magnífica obra, en su bello pasaje por los bosques cerca del lago Walden. Ahora le imitamos y comprendemos sus palabras, su sentir. Sabemos, como él nos indicaba, que merece la pena vivir menos y disfrutar más. Eso incluye anclar en la vida la sensibilidad propia de un poeta. Incluso en la propia comida, como él nos decía abiertamente. “Creo que todo hombre dispuesto a conservar sus facultades poéticas o espirituales en las mejores condiciones posibles se ha sentido particularmente inclinado a abstenerse de consumir animales y comer demasiados alimentos de cualquier clase”.

El cuerpo y el alma deberían sentarse en la misma mesa, pues ambos participan del Aliento Vital, de ese gozo incomparable de la estética de la vida. No puede ser de otra manera cuando contemplamos con rigor la belleza y el derroche de poesía en cada gesto natural. El ruido que llevamos dentro nos aleja y nos envenena constantemente de esta realidad. Añadimos condimentos innecesarios a nuestra vida, aliñando con artificios y vanidades todo nuestro sentir. Orgullo, pereza, miedos, egoísmo, vanidad, ingratitud, codicia… Sin saberlo, nos estamos suicidando inconscientemente, estamos llenando nuestra vida de venenos que algún día harán que saltemos por los aires, que inmolemos nuestra existencia. Sin entrar en detalles en los venenos de la vida cotidiana, de la comida cruel y violenta que consumimos, del tabaco o el alcohol que vamos ingiriendo para acelerar el suicidio inminente. El peor de los venenos es el espiritual, el que nace del alma enferma y que consume dosis inmanentes de ceguera.

La nieve de esta mañana nos ha invitado a sobrevivir al frío, pero también a vivir la vida plena del alma, de la sensibilidad, de la sabiduría, de la generosidad por todo cuanto ocurre. De entender que la comida es sagrada, de sabernos útiles a la causa de agitar consciencias, de ponernos al orden con nuestra palabra y pensamiento. Sabemos que no lejos de aquí todos estarán disfrutando de una suculenta cena mientras miran anestesiados la televisión bajo el calor de una buena chimenea. Aquí dentro, en la caravana, estamos a cero grados. Nuestras metas más valiosas se abren paso ante la adversidad mientras cae la fría noche. La helada hace progresar la sensibilidad y el amor hacia toda la existencia. La vida auténtica acaba de empezar, y la abrazamos valientemente.

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