La plaza quemada


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Confieso que cuando se fluye con la vida esta te lleva a lugares y situaciones totalmente mágicas. Fue así como salí de este pequeño y remoto lugar acompañado de los hermosos C. y S. para terminar aparcando el coche en la plaza 55 de un parking de Madrid. A pocas calles me esperaba L. B. en la cafetería del Ateneo. Me encantó llegar y verla leyendo con su café y su imagen bucólica de mujer soñadora. Estuvimos poniendo al día la empresa y algunos detalles para este nuevo año. Luego la acompañé al coche que posaba tranquilo a las sombras de la Almudena. Tras el paseo recordando viejas batallas en Madrid me marché satisfecho al hotel de un amigo que siempre que mendigo por la capital me ofrece alguna de sus múltiples habitaciones. Y allí estuve en la bañera, desplomándome durante una hora y disfrutando de ese baño que en las caravanas resulta imposible.

Por la mañana estuve con J.L trabajando en un libro. Nunca tengo suficientes palabras de agradecimiento al ejemplo de perseverancia y quietud de este ser. Incluso en los peores momentos, incluso sin importarle tener una deuda de ocho o cien millones de euros. Su templanza en lo bueno y en lo malo siempre me resulta admirable. Tras la jornada de trabajo quedé con M. en el Vips de López de Hoyos, un lugar que conocía bien pues viví un tiempo muy cerca de allí. Estuvimos poniendo orden en los asuntos de la fundación y el proyecto gallego y disfrutando de una grata charla mientras comía una rica crema de setas. Nos dábamos cuenta como el proyecto va cogiendo vida propia pero como las convicciones interiores siguen inamovibles. Es toda una suerte tener a M. de compañera de este viaje común. Su formación interior hace que podamos hablar en los mismos códigos y entender algo sobre la magia que nos ha unido.

Tras el encuentro con M. me esperaba la hermosa y amorosa A., la cual me acogería en el edificio de su familia en el centro de Madrid. Me resultaba insólito pensar que todo ese gran edificio pertenecía a la misma familia, y que podías encontrarte en la escalera del mismo a un sobrino, hermano o primo. Los abrazos de A. son como sentir que alguien te ama desde todas las células de su cuerpo. Nadie abraza como ella y nadie es capaz de expresar tanto con un gesto tan cálido. Me acogió en la habitación de su hija mientras me explicaba los avatares de toda su familia que casi podía sentir como mía propia. Pasamos una tarde agradable y al día siguiente, tras un intenso viaje en tren y luego en coche de una punta a otra de la ciudad terminamos en casa de su hija N. Otro bello ser libre, amoroso y valiente que sin duda detonó la alianza de esos lazos familiares invisibles. A. me recordó algo muy valioso para mí esa mañana: soy nieto de un arriero, quizás por eso me guste tanto practicar los caminos. Gracias querida por la revelación.

Tras dejar a A. en su casa me fui a comer con J. en su bello hogar a las afueras de Madrid. Nunca he conocido un ser tan generoso y próximo a la complejidad de ser coherente con lo que se piensa, se siente y se hace. Cuando estoy en su casa es como estar en la mía propia. Sus paredes blancas me recuerdan a la Shamballa que siempre intento esculpir en mis otras paredes blancas. Pudimos hablar de mil temas antes de marcharme de nuevo corriendo hacia Madrid, donde aún tuve tiempo de ayudar a L. B. a hacer algunas cosas y donde me cruzaba, cosas de la vida, con la bella S. en el que hasta ahora había sido mi barrio. Tanto seguirnos mutuamente sin conocernos y nos cruzamos de repente.

Volví a coger el coche para atender a la siguiente cita mientras hablaba con una periodista del Mundo para una entrevista. Llegué algo tarde a la cita con L., pero eso hizo que se diera un peculiar encuentro entre C., M., L. y J. En ese encuentro surrealista pasó de todo en el café Capuccino que hay en la puerta de Alcalá. Teníamos a nuestro lado famosos de la tele, incluso al entrenador del Real Madrid. L., siempre provocador, hacía constantes bromas mientras intentábamos dar un poco de espectáculo con una pareja de enamorados que estaban siendo atentamente examinados por unos abuelos de la burguesía madrileña. Mientras se incorporaba a la cita la bella y profunda C., L. me recordó una cosa que me hizo pensar: “¿te acuerdas cuando a nuestro amigo M. se le quemó la plaza de toros? ¿cuántos amigos tenemos a los que les haya podido pasar algo así?”

Repasando el vértigo de estos dos días en Madrid puedo decir que amigos con plaza de toros tengo pocos, quizás solo uno o dos. Pero amigos, de esos de verdad que se lanzarían contigo a cualquier plaza para pasar no solo un buen rato sino para disfrutar del amor compartido y la compañía, creo que muchos. Y a todos ellos tengo tanto y tanto que agradecer. Tanto y tanto que compartir… Gracias a todos los que estáis ahí, atentos por si puedo parar aunque sea cinco minutos para daros un abrazo sentido.

Llegué a las tres de la madrugada a la pequeña caravana cargado de amor y recuerdos. He podido descansar algo, pero ahora solo quiero volver a todos esos abrazos y sentires.

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(Foto: L. B. esperándome en el Ateneo para cambiar el mundo y soñar con el mismo y pareja de enamorados siendo observados atentamente por una pareja de personas mayores).

 

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