Los chelas de la vida


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Existe una extraña inteligencia en todo lo que nos envuelve. No podemos percibirla porque nuestra inteligencia está reñida con la sabiduría natural de todas las cosas. Tal es nuestra distracción sobre el plano material y los deseos que nacen del mismo que apenas mostramos un mínimo interés por algo de mayor naturaleza.

Pero aflora en la mente del observador una técnica, una metodología y un sistema capaz de crear vida, ordenarla y dotarla de movimiento y acción definida. En cualquier paseo por el bosque podemos observar todo esto. Sólo tenemos que inclinar la mirada hacia las minúsculas orbes de criaturas que se mueven de un lado para otro, ya sea en un día de sol o de lluvia, de nieblas o de hielo. Por todas partes la vida fluye en un cierto orden y decoro. La belleza y la intensidad de los colores, de las formas múltiples que se ordenan para magnificar un lenguaje desconocido para nosotros muestra como la creación entera fluye sobre arquetipos superiores. El simple vuelo de un abejorro es una proeza de ingeniería.

Podría parecer necio el pensar que todo esto fuera fruto de un simple azar. Aún más peregrino podría ser el ponderar que además, ese azar tan sólo ha derivado en nuestro planeta, en un tiempo casual en toda la existencia, donde, además, nosotros que ahora filosofamos sobre estos asuntos podríamos sentirnos infinitamente agradecidos y privilegiados por ser testigos de tanta fortuna.

Pero volvamos al bosque y meditemos. Ahí hay materia, energía, vida, deseo, inteligencia manifestada en múltiples frecuencias. De todos esos planos de existencia que acontece en una misma escena, la más intrigante de todas es la referente al plano mental. Un pensamiento, sea el que sea, viene precedido de una forma, un sonido y un color. Establece una vibración que va a parar a alguna parte, que existe en alguna parte, que tiene vida en alguna parte. Lo podemos ver en las complejas escenas que dibujamos en el mundo de los sueños. Allí podemos crear excelentes palacios góticos o dibujar aventuras inquietantes por cualquier parte del mundo. Dependiendo de donde esté enfocada nuestra consciencia durante el día (siendo la consciencia otro punto determinante en el plano mental) nuestros sueños estarán teñidos de un color u otro, estarán marcados por una experiencia u otra. Si basamos nuestra vida en producir lo necesario para la subsistencia, nuestros sueños estarán enfocados a eso mismo. Si por el contrario somos capaces de abstraernos de esas necesidades básicas y sucumbimos al deseo de explorar las sutilezas del mundo mental, un nuevo cosmos más amplio y abarcante se abre ante nosotros.

¿Hay algo superior a nuestros propios pensamientos, al conjunto de nuestra propia vida, con nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras rutinas diarias y nuestras circunstancias? Todas las filosofías del mundo, en todas las culturas humanas hablan de una vida superior, de un reino desconocido que existe para aquellos capaces de traspasar los anhelos de la vida mundana. La fama, la riqueza, el bienestar material, son tan sólo meros condicionantes, pero no garantía alguna para estar más cerca o más lejos de ese reino invisible.

En el idioma sánscrito existen cuatro requisitos para poder entablar un diálogo directo con esa nueva realidad que se abre ante el ser inquieto, ante el buscador capacitado para poner en práctica lo que haga falta y así poder asaltar ese reino. El primero es conocido como viveka, que consiste en la discriminación entre lo real y lo irreal, una especie de apertura mental que nos permite desechar todo aquello que no está en consonancia con nuestro propio camino. El segundo requisito es llamado vairagya, que trata de mostrar indiferencia hacia lo irreal, lo transitorio, practicando el desapego hacia todo, especialmente hacia los frutos de nuestras propias acciones. El tercero es shatsampati, que pretende comprender los seis atributos de la mente: 1) Shama o dominio sobre la mente, 2) Dama o dominio sobre la acción, 3) Uparati o ser tolerantes, 4) Titiksha o ser resistentes y pacientes, 5) Shraddha, tener fe y 6) Samadhana, ser equilibrados. Y el cuarto y último requisito sería Mumuksha, es decir, poseer deseo de liberación y estar preparados para “entrar en la corriente” que nos aleja de los deseos de la vida ordinaria y material excepto para entrar en ese plano de servicio a ese mundo invisible y superior que aún ignoramos.

No estamos seguros de que cuando se conocen o intuyen estas cosas podamos estar tranquilos paseando por el bosque sin sentir la extrema curiosidad de seguir indagando en esos reinos. Llega un momento que el mero aleteo de una mosca nos puede catapultar a esos arquetipos que están más allá de nuestro entendimiento, y de alguna forma, sentir el deseo irrenunciable de buscar y comprender sus claves. Uno, de alguna forma, se convierte en chela, en discípulo de esa nueva vida, y desea servirla para mayor gloria de esta milagrosa existencia. Desea seguir penetrando en los misterios para proseguir en una vida mayor.

 

 

 

 

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