El vino como sustento de una vida inútil


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Veníamos hoy en el coche discutiendo sobre la catástrofe que supone una sola copa de vino para aquellos que intentan llevar una vida lo más saludable posible. No tanto a nivel físico como a otros niveles que aún no estamos preparados para entender. Aún así esto no afecta realmente a la vida ordinaria. Sólo resulta peligroso cuando de alguna manera queremos practicar en nuestra vida disciplinas meditativas que pretenden conectarnos con una energía más sutil y provechosa para esas tareas que los místicos de todos los tiempos llamaban extraordinarias. La vida milagrosa, usando una terminología más esotérica, navega pausadamente entre dos orillas difíciles de entender. Algunos sensitivos comprenden el daño irreparable que se ejerce sobre la vida cuando se toma algunas sustancias o alimentos que afectan al progreso del yogui moderno. No podemos distraernos de estas atenciones porque el cuidado de estas leyes inmanentes con respecto a las fuerzas y energías que se mueven en todos los planos requiere de un estudio especial para no cometer imprudencias innecesarias.

Cometemos auténticos disparates con nuestros cuerpos sin darnos cuenta. Obviamos los mecanismos que regulan la salud y entramos constantemente en desequilibrio y enfermedad por culpa de estos previos abusos. La propia sociedad se ha constituido de tal forma que sólo tomando estas substancias que de alguna forma nos atontan e idiotizan podemos soportar el peso de la vida común. ¿De qué otra forma íbamos a soportar la idea de que trabajamos una media de ocho o doce horas diarias única y exclusivamente para sostener unas cosas de las que luego no podremos disfrutar por falta de tiempo, salud o vida? Sólo una sociedad narcotizada, drogada, puede enfrentarse a esa idea.

Realmente no es malo el beber vino, el fumar, el comer carne como si fuéramos auténticos depredadores, el consumir televisión desde la mañana a la noche o el recurrir constantemente a medicamentos para equilibrar algo difícilmente equilibrante. Ni siquiera somos conscientes cuando nos levantamos de lo perjudicial del constante ruido de la ciudad y de los humos de sus coches. No existe el bien o el mal en estos estímulos que nos ayudan a sobrevivir en esta carga. Al fin y al cabo, se trata de una elección libre, a veces por falta de conocimiento y otras por falta de valor o por miedo a perder cierta comodidad adquirida.

Muchas veces, en momentos de lucidez, solemos despertar de ese sueño y de repente nos embarga una gran sensación de vacío. Vemos como si nuestra vida hubiera sido un cúmulo de actos inútiles. Sentimos como si toda nuestra existencia hubiera sido un derroche continuo, difícil de justificar por nuestros actos cotidianos. Somos tan frágiles que nunca nos cuestionamos qué efectos produce en nuestras vidas esa copita de vino, esa calada, esa ingesta de carne o drogas. Nunca nos paramos a pensar en ningún tipo de consecuencia presente o futura porque siempre nos han inculcado que eso era lo correcto para sobrellevar esta vida estéril y hueca.

Cuando se despierta a cierta consciencia, es fácil ver como cuerpos aparentemente sanos empiezan a enfermar ante la ingesta de algunas sustancias que pueden parecer aparentemente inofensivas. Pueden aparecer enfermedades nerviosas, las cuales se pueden deber a la necesidad de expresión de esa nueva consciencia en cuerpos obstruidos por la ingesta de productos como la carne o la ingesta de alcohol, tabaco, café o incluso té de forma continuada. De ahí que el equilibrio siempre resulte difícil si antes no se ha estudiado de forma contundente estas cosas y no se han experimentado al mismo tiempo en nuestros cuerpos.

Sigamos pues deprimidos y narcotizados, pero si algún día deseamos salir de este estado de vital apatía pongamos mucha atención a todo aquello que ingerimos en la vida cotidiana.

(Foto:© Francesco Tarantini )

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