La inevitable recuperación de nuestro santuario


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Esta tarde mientras volvía de mi cuarto viaje de mudanza me entretenía recordando como los templos, especialmente aquellos que se construyeron antes del siglo XVI, estaban orientados al Oriente, a la salida del sol. Al mismo tiempo que repasaba la historia de esta peculiar forma de enfocar los templos hacia la luz, de ese Ex Oriente Lux que ya se practicaba en la antigua Roma, recordaba la larga conversación que ayer tuve el privilegio de mantener con un joven cargado de entusiasmo por el mundo del espíritu.

Ante su curiosidad, le expresaba mi preocupación sobre ese otro templo, ese santuario representado por nuestro cuerpo, esa nave que alberga al Guardián, al Morador de los antiguos textos. Un templo que ha sido profanado, un lugar que en el mejor de los casos sigue sirviendo para acumular todo aquello nacido de nuestra psique, de nuestras costumbres, de nuestra abrumadora vida.

Resulta complejo pararse a pensar por un momento sobre la extraordinaria naturaleza de nuestro cuerpo, y sobre la importancia de tenerlo limpio, higiénico, preparado para albergar esa luz que nace del Oriente. De hecho, ignoramos este dato. Nuestro cuerpo, nuestra mente, no está enfocada en ese oriente ni en ningún otro. No esperamos por las mañanas a que nazca ningún sol, ni a que ningún rayo ilumine ningún altar. Estamos totalmente distraídos en las tareas diarias. Nos levantamos temprano, medio en sueños, nos aseamos, nos vestimos, desayunamos algo y vamos al trabajo, ese lugar donde pasamos casi todo el día y nos permite algo de dinero para poder comprar algo de comida, algo de vestido y cohabitar algún apartamento que tenemos a medias con algún banco. En esa rutina nos movemos y tenemos nuestro ser, nuestra consciencia, sin caer en la cuenta de que somos algo más que todo eso, y de que merecería la pena explorar más allá de ese ritual diario.

A veces tenemos la sensación de que la vida desea expresarse de forma artística, es decir, imaginativa, expansiva, depositando cierta sabiduría más allá de todo límite. Sentimos que eso podría ser posible si fuéramos capaces de empezar a construir ese templo interior, respetuoso, sagrado. Levantarnos con calma cada mañana buscando la luz de Oriente, no importa qué Oriente. Sentarnos cómodamente para conectar con ese rayito de luz e invocar las fuerzas creadoras de la vida. Sentir como esa luz de vida alberga nuestro templo y nos protege. Sentir y observar como esa vida fluye por cada uno de nuestros recovecos y poros. Sería hermoso poder dedicar unos minutos al día a consagrar este cuerpo, alimentándolo de forma saludable, limitando el uso de tóxicos que puedan dañarlo, disfrutando de su salud como oportunidad para que el Morador, con algo de paciencia, empiece a dar muestras de vida y empiece a expandir nuestra consciencia hacia ilimitadas experiencias.

Sería hermoso que en cada instante tuviéramos consciencia de esto, y que algún día, pudiéramos convertirnos necesariamente en luz viva, en un radiante santuario capaz de albergar desde una buena voluntad, amor y sabiduría. Quizás con unos pocos minutos de atención sobre nosotros mismos consigamos grandes logros futuros. Y quién sabe qué clase de influencia positiva podemos llegar a ser. Quizás esa sea nuestra tarea diaria: la inevitable recuperación de nuestro santuario interior.

(Foto: © Janek Sedla)

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One thought on “La inevitable recuperación de nuestro santuario

  1. Preciosa reflexion, quien sabe si muchos seguirán tus ideas, ahora que parece esta mas en boga el salir de estas vidas que nos atrapan en trabajos mecánicos sin un solo minuto para la relación personal. Ojala¡¡

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