A orillas de lo excepcional


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Escuchamos la lluvia. A pesar de que estamos ya casi a final de noviembre aquí dentro de la caravana superamos los quince grados. Eso, para nuestros cuerpos ya acostumbrados a la lluvia y el frío es casi un calor primaveral. La estufa de gas está haciendo un buen servicio y nos alivia pensar que incluso en una noche nevada podríamos estar aquí viviendo plácidamente. También hay una ayuda complementaria: las bolsas de agua caliente. Bendito invento. Por dos o tres euros podéis comprar una. Os recomiendo esa sensación de tener toda la noche algo caliente bajo los pies. Es como dormir arropado por un inmenso osito de peluche.

Me doy cuenta, y me siento feliz por ello, de que a pesar de las circunstancias que para muchos podrían ser terribles, nosotros las vivimos como algo excepcional, casi como algo maravilloso. La sensación de libertad ya casi no nos preocupa. Es algo más. Tampoco le damos importancia al hecho de ser o no ser felices. Damos por sentado que al estar haciendo lo que nuestros corazones nos dictan nos sentimos plenos y satisfechos. Eso produce ráfagas continuas de felicidad, de buen humor, de alegría y bienestar interior. Y en ocasiones pensamos con cierta ingenuidad qué más podríamos necesitar excepto lograr unas condiciones óptimas para poder compartir tanta dicha.

Nos damos cuenta de que todo esto es posible en cualquier circunstancia, al mismo tiempo que valoramos que unas ayudan mucho más que otras. Ninguna es despreciable, porque todas forman parte de nuestro aprendizaje humano, pero estar a las orillas de esta vida diferente e incomparable nos hace valorar cada instante, cada experiencia nueva como un auténtico regalo. Quizás sea porque al ordenar el tiempo de forma diferente hemos abierto un portal de oportunidad para valorar con más detalle cada instante de nuestras vidas.

Me gustaría poder invitar a todo el mundo a que valorara la vida como lo que es: una experiencia excepcional, irrepetible y única. Nunca somos conscientes de lo limitado de la misma, y, además, de lo irrepetible. Mientras esta mañana de nuevo brocha en mano pintaba una de las habitaciones del nuevo apartamento me daba cuenta de lo excitante de coger esa brocha y saberme único en ese momento. Sentía como la vida que recorre cada una de mis células traspasaba mi cuerpo y se fusionaba con todo lo que existe ahí fuera. Era consciente de que la vida no nos pertenece porque es como una capa etérica que flota por unos kilómetros sobre nuestras cabezas y lo envuelve a todo, hasta el último rincón oscuro.

Bendita vida y bendita excepcionalidad. Justamente ahora, mientras escribo aquí en la caravana y observo toda la vida que dormita ahí fuera siento una sensación extraordinaria. Precisamente porque somos extraordinarios viviendo un momento extraordinario. Mover un dedo, respirar, sonreír cómplice, guiñar un ojo mientras el agua resbala por las ventanas. Recordar viejas historias, viejos abrazos, mientras que al mismo tiempo imaginamos los futuros sintiéndolo todo en este perpetuo ahora que engloba todos los tiempos.

Sí, somos seres excepcionales, cada uno de nosotros en nuestros grados y condiciones, a pesar de nuestras circunstancias. Sólo tenemos que mirar uno de nuestros dedos, ver como se mueve y sentir que formamos parte de esa inmensa red de vida que todo lo envuelve. Sólo tenemos que respirar para darnos cuentas de todo eso y sentirnos privilegiados y honrados por tan profundo y extraordinario regalo. Veneremos la vida, cada instante, y demos gracias por tanta maravilla. Vivamos intensamente el misterio desde nuestro propio propósito interior.

(Foto: © Caras Ionut)

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