El peligroso contacto con el recuerdo


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Si miramos a nuestro alrededor, sin aún saberlo, vivimos en una especie de escenario. Nada de lo que hay en él es real. Todo, absolutamente todo, está condicionado por nuestras proyecciones sensitivas, emotivas y pensamientos. La configuración del mundo que nos rodea es maleable, moldeable, flexible. Podemos estar tristes o alegres y eso condicionará totalmente eso que llamamos realidad. Un día maravilloso para unos puede ser atroz para otros. Está en juego nuestra supervivencia y también la supervivencia del escenario que hemos montado, que al fin y al cabo es nuestro espacio de seguridad psicológica.

Muchas veces ese escenario no nos gusta. De repente vemos que todo lo que antes tenía un valor empieza a derrumbarse. Eso ocurre cuando por algún motivo ha existido un cambio profundo en nuestro interior. Ese cambio a veces tarda un día, dos años o toda una vida. Hay gente que nace y crece en su mismo barrio. Que trabaja toda la vida en un mismo trabajo o tiene los amigos de siempre. Es gente que no ha necesitado o no ha percibido un cambio real en su interior. Cuando nada cambia por dentro, nada cambia por fuera. Es posible que haya existido una pequeña transformación en el mundo de las creencias, o el conocimiento se haya ampliado y podamos filosofar de una u otra cosa. Pero a niveles existenciales, todo sigue igual. Nuestros patrones de vida siguen inamovibles.

Hay otra gente que cambia de escenario cada dos días o cada dos años. Nuevas amistades, nuevos trabajos, nuevos lugares donde vivir. Ese exceso de cambios a veces tiene que ver con una realidad incómoda de la que se huye. Otras a esa exagerada necesidad de dar cabida a todo un mundo de curiosidad y conocimiento. A veces muchos cambios exteriores no son sinónimo de cambios interiores. Tan sólo son esquivas, insatisfacciones continuas o meras inquietudes.

Existe sin embargo, un cambio de naturaleza diferente que tiene que ver con lo que Platón llamó anamnesis. Trata de la capacidad que tiene el ser para recordar todo aquello que olvidamos cuando venimos a la vida. Realmente es una percepción diferente de las cosas, no necesariamente sujetas a nuestros impulsos emocionales o circunstancias mentales. El mundo se ve tal como es, y no tal como nosotros lo imaginamos según nuestras creencias perceptivas. Ese “tal como es” es profundamente hermoso, pero entraña una dificultad añadida, y es la amplitud del marco de referencia, la generosidad de la propia percepción y la dilatación de todo cuanto existe.

En ese estado de cosas lo que antes parecía importante ahora deja de serlo. Lo que antes era primario ahora pasa a un segundo plano. Se abre una visión diferente del mundo que nace de lo que Gurdjieff llamó el recuerdo de sí mismo. De alguna forma se abren portales a dimensiones hasta ahora ignoradas. Entonces esa plasticidad del mundo se convierte en un campo de experiencia diferente. La vida cobra un sentido vasto de considerable holgura donde poder estar enfocados en algo mucho mayor que la propia necesidad de cuidarnos a nosotros mismos. Cuando de repente nos topamos con esa visión, con esa intrínseca contemplación meditativa, todo lo que antes eran problemas se transforman automáticamente en mensajes o aprendizajes. Todo lo que antes eran meras dolencias emocionales ahora se ven como un mar donde navegar y fortalecer la presencia del ser. Somos conscientes de que todo cuanto existe es un mero escenario que podemos cambiar a nuestro antojo si con eso damos verdadera salida a nuestra inquietud interior, a nuestro propósito más profundo.

Ya no hay necesidad de entender el mundo, ni de expresarlo con conocimiento. Ahora se es uno con el mundo, se respira con la existencia, se navega en ese éter que todo lo envuelve y se perfila el horizonte como una asombrosa continuidad de la creación. Mirad a vuestro alrededor y contemplad esa profundidad maravillosa. Mirad dentro de vosotros y escudriñar más allá de vuestros límites. Soltar amarras y elevad velas. Es tiempo de navegar por otra dimensión del ser.

El otro día no parábamos de cantar una canción con el mismo mensaje. “Je me suvian, I remember, yo recuerdo”. Recordad quienes sois. Algo importante cambiará en vosotros.

(Foto: © Kasia Derwinska)

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