Estuve solo en el bosque y amé los lugares secretos


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Ego fui sola in sylva, et dilexi loca secreta”, (Helen Waddell, The Wandering Scholars)

Vivimos en el bosque. Caminamos semidesnudos como locos altamente libres de un lado para el otro. Nos agachamos y observamos el mundo etérico de las plantas. Alzamos la mirada escudriñando el halo de los árboles. Cada rama es un pozuelo de sabiduría. Cada tallo es un rayo de luz que alcanza algún cielo. Suspiramos con el corazón ancho cuando vemos posar en una de esas extremidades el suave vuelo de cualquier ave. Los pájaros son representantes de las estrellas. Son seres astrales, como todos los animales cuyo pensamiento aún es simiente. Se mueven por el influjo de la luna, por el deseo y el instinto, por eso es fácil comprender cuanto aman la noche, el sueño.

Cuando tocamos la tierra vemos aquellos seres que la cuidan, que tratan de dotarle de la mejor sabia para que culmine el proceso. Vemos como el rocío perfuma cada trémula hebra de hierba. Vemos atentos como el misterio se perdiga por toda la creación.

La naturaleza te da algo que los humanos han rechazado. Nos ofrece el saber, la luz suficiente para crear sobre nuestras cabezas la estrella de cinco puntas. El conocimiento arcano renace cuando observamos la liebre en los prados o rociamos los brazos con el halo de la montaña. El bosque suspira, palpita en su silencioso balanceo. Reclama el silencio, el callar de los sabios. Murmura íntimos secretos a los pocos afortunados que acaricia.

A veces la tormenta agita nuestro frágil hogar. La lluvia y el viento barren toda impureza y el temor a la debacle nos atropella. Pero algo poderoso nos amarra a la paz de sentirnos fuertes. Algo más allá de nosotros nos aproxima a esas fuerzas, trayendo arquetipos poderosos a nuestras manos.

Cuando caminamos por el bosque observamos atentos cada rincón. En la soledad amamos los lugares secretos que nos llevan hacia el aliento vital de toda existencia. Existe un baile en todo lo creado, una danza sagrada que todo lo envuelve. Se cuece la alegría en las miríadas de vidas que recorren todo el orbe. A cada paso un resplandor superior envuelve el susurro caminante. Sentirnos poseedores y guardianes de estos secretos nos obliga a enfundar el camino del loco para desvelar, con claves y arquetipos, el sendero que toda alma debe recorrer. El sendero del corazón, de la vida interior, de la entrega voluntaria a los sublimes ciclos cósmicos.

Aquí, sentados bajo todas las luminarias, observamos la rosa que crucificada en el pecho arroja luz a todas las almas. El vasto camino de la experiencia se abre para ser practicado. El mundo se expande mientras respiramos al unísono. Respirar, conspirar. Respirar. Conspirar. Ha llegado la época en que el Éter hable claro cara a cara sin disfraz, sin retener nada, en respuesta al profundo escrutinio de las cosas sagradas…

 

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